MARÍA TERESA TOLEDO Y LÓPEZ, de Carolina Wallerstein

Recién llegaba a Buenos Aires. A las únicas personas que conocía eran los que vivían en mi residencia: una loquita española que había venido a refugiarse de su ex marido golpeador; Julieta, una bailarina del campo que no sabía lo que era facebook, y después los demás eran extranjeros que vivían de joda. La española y la campestre eran mis compañeras de cuarto y se pasaban todo el santo día tomando mate y curando sus penas una con la otra. Lo más loco que le podía pasar a Julieta en su día era pedirme una pitada del cigarrillo, se sentía la mina más heavy del mundo y se reía como una boba con cada bocanada que daba. En la residencia eran muy frecuentes las fiestitas tipo yanqui que armaban los extranjeros en su cuarto. Odiaba esos grititos desaforados que se escuchaban todo el día y los juegos tipo “guerritas” entre las pendejas y los boludos que correteaban por los pasillos.

De los únicos que me hice amiga fue de tres chicos: un alemán, un francés y un español. Lo malo fue que cuando nos hicimos amigos, ellos se estaban mudando solos a un departamento. Me pasaba el día en su casa, deseando yo también tener mi propio departamento y salir de esa residencia llena de pendejos hormonoides.

Así fue que a los tres meses de estar ahí llamé a mi papá y le dije que ya era hora de irme de ese lugar, que dormía con dos locas y que no aguantaba más, además ya estaba re segura de que me iba a quedar en Buenos Aires porque me encantaba.

Ya había empezado la facultad, el primer día había ido desde la casa de mis amigos los europeos, vestida de noche, con el maquillaje corrido y una buena resaca. Estaba más allá del bien y del mal, tenía una campera negra de lentejuelas y chau. Ese mismo día se me prendió como una garrapata una minita, María Teresa Toledo y López. Era una chica segura, decidida y con una actitud con la que se llevaba el mundo por delante. Empezamos a sentarnos al lado en la facu y después de un tiempo también empezamos a salir juntas.

María Teresa Toledo y López se presentaba a sí misma con doble nombre y doble apellido, nunca faltaba la aclaración de que descendía de la aristocracia española, y si agarraba un poco de confianza, también encontraba algún momento en la conversación para contar que ella vivía en un departamento de 250 metros cuadrados en Recoleta.

María Teresa sabía todo sobre los hombres, cómo son, cómo conquistarlos y hasta cómo hacer para que se enamoren de vos. Por ejemplo, le decía a todos con los que salía: “No te enamores de mí, yo te aviso…”. Y como yo no sabía mucho sobre este juego, ella se esmeraba en enseñármelo y en que lo pusiera en práctica.

María Teresa se bañaba aproximadamente tres veces por día y te decía lo bien que se sentía de haberse bañado y te preguntaba si vos ya lo habías hecho, porque en caso contrario pasabas a ser un asco.

Cada vez que caminábamos por la calle, me decía que caminaba como un pato y que yo tenía que ser una lady, y se dedicaba cuadras enteras a explicarme cómo camina una verdadera lady como ella.

También sabía mucho de peluquería: nunca se le pasaba avisarme que ya era hora de hacerme el color y que tenía muchísimas raíces.

Lo que mejor le salía era tener conversaciones eróticas delante de los hombres con cualquier cosa que le gustara. Por ejemplo, se comía un Dorito y decía “ayyyy, sííí, por favor, qué cosa más rica que sos” mientras se lamía los labios. Así como a María Teresa le encantaban los Doritos, ella odiaba el chocolate y el dulce de leche, hasta el momento en que se encontraba frente a un pote de dulce de leche y a un hombre.

Como tuve la gran idea de darle las llaves de mi casa, en cualquier momento me sorprendía la inspección. Entraba y decía que las ventanas daban asco, que cómo podía tener una vaca muerta de alfombra, que nunca tenía agua en la heladera, que dejara de tomar Coca Cola, que el olor a pucho era insoportable y nunca faltaba la requisa del placar para ver si tenía alguna nueva adquisición y probársela para aceptarla o no. Cada vez que me iba algún fin de semana a visitar a mi familia en Uruguay, María Teresa y su novio ganaban automáticamente un fin de semana romántico en un departamento completamente amoblado y gratis.

En uno de mis viajes, estaba muy tranquila esperando a que zarpara el barco cuando me llamó Teresa preguntándome qué hacía y dónde estaba. La conversación parecía un control de rutina normal, pero me empezó a pedir detalles muy específicos como en qué parte del barco estaba. Y apareció, ahí, en mi barco, en mi viaje y con mi mismo destino, ¡Linda la sorpresita que me dio! Cuando la vi fue como uno de esos momentos límites en que se te pasa toda tu vida en un segundo, pero en vez de ser hacia atrás era hacia el futuro. Ya me imaginaba lo que iba a ser ese fin de semana: la veía abriendo todas las ventanas de mi casa para “ventilar”, revisándole el placar a mi hermana, diciendo que no le gustaba la comida, pidiendo que saquen al perro afuera y todo ese tipo de cosas.

Ese fin de semana se casaba el hermano de mi mejor amiga. Como Teresa sabía esto, cayó en Uruguay con un vestido de fiesta; la mala noticia era que no estaba invitada y eso implicaba que la tendría que dejar sola con mi familia una noche y yo no iba a estar para controlar las ridiculeces que hacía y decía. Así pasamos todo el fin de semana, buscándole un mapa a María Teresa en todas las estaciones de servicio, para que fuera feliz, viendo cómo le explicaba detalladamente a cada mozo lo que era una lágrima y quejándose de que no supiéramos lo que era, acosando a mi hermano todas las noches con sus jueguitos de puta y criticando todo constantemente.

Volvimos a Buenos Aires y yo sabía que hasta ahí había llegado todo.

Me llamó mi mamá y me dijo que se habían quedado muy preocupados, que esa chica no estaba bien y que me veían mal. Yo lo sabía y me sentía como un saquito de té que perdió todo su color, cansada y angustiada. Me puse a llorar sin parar, pero estaba feliz, sabía que ya habían terminado las inspecciones y los controles, y que volvería a recuperar mi vida.

Después de unos días sin hablarle me llamó, preguntándome qué me pasaba. Le dije que había venido a Buenos Aires a hacer amigos, a conocer gente y que estaba muy cerrada en ella y necesitaba aire. Cambié la cerradura de mi casa y nunca más le dirigí la palabra. Tuve que aguantar que me persiguiera cuando iba al baño en la facultad, evitarla cuando me la cruzaba en el bondi y alguna que otra vez que se me sentaba al lado en clase; pero su presencia se fue diluyendo cada vez más hasta volverse invisible.

 

 

 

 

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