Crema Pastelera, capítulo 20, de Janice Winkler

Aquí va uno de los capítulos de Crema Pastelera, columna publicada en Evaristo Cultural, la revista de la Biblioteca Nacional (http://www.evaristocultural.com.ar/-%20EVARISTO%20Nro.%2020%20-/columna_winkler.htm)

Prólogo

Pienso que todos tenemos varias vidas, y no hablo de las pasadas y las futuras. No hablo del alma ni del espíritu. Me refiero a los momentos tangibles, a las experiencias que marcan comienzos y finales.
En esta columna de veinticuatro relatos, narro gérmenes de recuerdos ficcionalizados por los inevitables borrones que hace el tiempo y por las ganas de jugar a escribir. A mi modo y en la voz de la narradora Laura, hago honor a Norah Lange; cuando leí su libro Cuadernos de Infancia, la ternura y la picardía que encontré en sus palabras me dieron ganas de recrear una de mis tantas vidas, que muere en un brusco comienzo.

20.

Como si la adolescencia no fuera por sí misma un perro rabioso que te tira su espuma de realidad en la cara; como si no hubiéramos aprendido, solitos, que los problemas ya no se limitaban a si hacíamos deporte o no, si teníamos piojos o podíamos ir a la pileta; los profesores del country empezaron a traernos a Capital para ir al cine a ver películas “sobre la vida”; como si se hubieran cansado de trabajar y hubieran decidido, de pronto, mostrarnos todo de una vez.
Veníamos en el mismo micro escolar que antes nos llevaba a los partidos inter-countries y a los campamentos, pero ahora salíamos y volvíamos de noche. Llegábamos a Santa Fe y Callao, una zona donde solía ir a comer con mi familia, y las demás personas nos miraban como si fuéramos un contingente de adolescentes del interior y cada una de esas salidas fuera nuestra primera experiencia en Buenos Aires.
La apuesta fue en subida. La primera película trataba sobre un chico que se ponía de novio con una chica y, a los pocos días de haberla besado por primera vez, un enjambre de abejas lo mataba a picotazos. Lloré y me pregunté si yo, tan alérgica como mamá decía que era, también tendría alergia a las abejas.
La segunda película contaba la historia de un hombre que se enfermaba de sida y lo echaban del trabajo. Lloré hasta ahogarme. Sobre todo en la parte en que el hombre bailaba solo al son de una música clásica que lo envolvía como su pronta muerte inevitable.
La tercera y última película mostraba, como si estuviera pasando ahí mismo, frente a nosotros, el Holocausto. Había trenes cargados con personas, campos minados de personas, personas que eran vacas arrastradas al matadero, pero que en lugar de morir de una vez, se iban desintegrando de a poco. No pude llorar. Quise, pero no pude. El baño de historia y realidad se me quedó en el pecho, como si la espuma se hubiera solidificado.

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