Sueños, de Janice Winkler

1.

Caímos de pie en un campo de tomates paraíso.

Así se llaman los tomates en Hungría: paraíso.

Me lo dijo un campesino muy amable, pero no lo chequeé.

Ahora pienso: nunca usé un diccionario húngaro-español

o húngaro-inglés.

Como aviones de papel, nos arrojamos sobre los tomates,

hicimos mosh, nos enchastramos en su jugo celestial y

llegamos, entre juegos, al otro lado del campo.

Ahí nomás había un arroyo con un pequeño puente que lo cruzaba.

¡Un puente!, dije, ¡lo que faltaba para completar el lugar más hermoso!

Pero con mi último sonido, escuchamos un gruñir salvaje.

Nos dimos vuelta y vimos una jauría de perros

que nos encerraban en semicírculo y formaban una esfera perfecta con el arroyo.

Los perros se acercaron en cámara lenta, jadeando. Parecían exhaustos.

Caminamos dos pasos hacia atrás, con intención de tirarnos al agua.

Ellos dieron un salto y quedaron tan cerca que sentimos

su aliento podrido. Abrieron sus bocas como pinzas:

nos iban a diluir.

Después de mostrarnos sus dientes ensangrentados, dieron media vuelta

y caminaron cansados hacia el atardecer.

Ya habían saciado su hambre.

 

 

2.

Ma, estoy aburrida.

Andá al hotel que compramos con papá.

¿Qué hotel? ¿Dónde?

En Ushuaia.

¿Cuándo pasó? No me había enterado.

El cerebro se me borra.

¿Cómo voy a Ushuaia? Tendría que sacar pasajes en avión.

No, hija, vení conmigo.

Me lleva al jardín, donde siempre hubo flores y un perro.

Sin embargo, ahora hay una camioneta pequeña, para pocos pasajeros.

Me subo sin chistar. No la saludo,

como si estuviera sedada.

Ninguna cara me resulta familiar,

¿qué hacen en mi jardín?

La combi arranca

y enseguida estamos en un túnel.

Va tan rápido como el túnel del tiempo,

un embudo.

Cinco minutos, ni uno más,

y estamos afuera, bañados en luz.

Pinos, montañas, lagos, nieve.

Y entre las casas sobresale un castillo.

Este es el hotel de tus padres, me indica un desconocido.

Sigo su dedo índice y camino hacia una puerta arqueada,

de madera oscura, abierta.

Entro y veo a mamá. Está en la recepción,

atendiendo a los huéspedes.

 

3.

Camino con una amiga sin cara.

No es que no la reconozca.

No. Es una persona sin rostro.

Habla con las manos.

Las mueve con energía

y sus dedos emanan vocales y consonantes.

La avenida es ancha como un mar.

Para cruzarla hay que tomar un carro

manejado por perros.

Caminamos entretenidas

sin mirar a nadie.

En eso, alguien me empuja y caigo,

me desplomo en la calle.

Se me abre el mentón,

un chorro abundante de sangre

se transforma en charco

y en su agua roja me reflejo:

mi mentón ya se curó, la herida está cerrada.

Mi mochila está unos metros adelante, abierta,

y sus cosas, desparramadas.

Mi amiga las junta con sus manos parlanchinas

y las guarda.

Algunos objetos caminan y se guardan solos.
Un libro se me acerca a los saltos.
Sus hojas se mueven desprolijas con el viento

y se detienen justo en el final.

El libro se arrima a mi oído y lee en voz alta.

Shh, le ordeno, ¡todavía no llegué a esa parte!

 

 

4.

Voy al supermercado, entro con la marcha nupcial,

ninguna canción de moda.

Alguien me agarra del brazo y me grita

que estoy arruinando la entrada de la novia.

Giro y veo a una joven rubia,

vestida de blanco virginal.

Miro mis pies:

ya no tengo las ojotas marrones que me había puesto.

Ahora llevo zapatos de taco

azul Francia, que hacen juego con el vestido de tafeta.

En el altar, que es la góndola de verduras,

la espera un anciano pelado, con bigote y bastón.

¿Será el novio o el padre?

Cuando llega a él, lo besa en la boca.

Los invitados aplauden, yo los imito,

y al instante estamos en un gran salón

decorado con moños y bastones.

La virgen y el anciano bailan el vals,

se besan como peces,

hacen sopapa.

Me siento a una mesa con otras mujeres.

Una dirige la batuta y entrega

unas bolsas de tul con bombones dorados.

Me dice: tenés que darle este suvenir a la madre de la novia

cuando termine el vals.

¡Ahora! ¿Qué esperás? ¡Es tu momento, tu honor!

En el silencio más profundo, como si se detuviera el tiempo,

me pongo de pie.

Mis ojos observan, una por una, a las invitadas de la fiesta,

y los ojos de todas me observan a mí.

 

5.

Estamos en nuestros pupitres.

Soy rubia, casi albina.

La maestra es una enfermera,

usa gorrito con cruz y los labios rojos.

Habla sin sonido,

hasta que detiene su discurso

y la invade, como una nube gris,

una expresión de seriedad.

Nos dice (con volumen):

Niños:

Hay algo que deben saber.

Al cumplir veintiún años,

tendrán que arrancarse la piel

y se convertirán en animales salvajes.

Sus familias ya no los cuidarán,

el mundo será una selva

y ustedes olvidarán los hábitos humanos.

A partir de hoy,

practicaremos comunicación animal,

así cada uno puede elegir

el futuro que más le guste.

Grrr, rgrgrgr, auuuu.

Deben saber que se comerán entre ustedes,

unos a otros.

 

6.

Visité a mi amigo Juan,

a su esposa y sus trillizas.

Se llaman Magdalena, Lucía y Juana.

Cada una tiene su propia cuna,

con estrellas y lunas y copos de nieve.

Quería alzar a las tres, pero no me dieron los brazos.

Así que jugué al ta te ti y ganó Juana.

Me abrazó como Koala,

hablamos en su idioma balbuceante.

Acaricié sus pocos mechones rubios

y descubrí que en su cabeza

había una boca extra, de adulto.

En el cráneo se abría una fosa

con labios gruesos y dientes bien formados,

cuadrados.

Llamé a Juan y le mostré la boca extra de su hija.

Me dijo que por suerte no hablaba,

que era sólo una cuestión estética

y que tal vez algún día se pudiera operar.

Mientras tanto, para salir a la calle

le pegaban un papel,

para que no le entraran bacterias.

 

 

 

 

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