Los vecinos más importantes de mi vida, de Janice Winkler

CANGALLO Y SALGUERO, ALMAGRO.

En algún momento de mi infancia, Cangallo se transformó en Perón, pero mis padres en aquella época eran radicales, así que a la calle donde viví los primeros diecinueve años de mi vida la llamábamos por su nombre original.

Las habitaciones principales tenían balcones amplios, y desde el balcón, se veía la marquesina de la empresa mudadora Verga Hermanos, lo primero que mostraba a mis amigas cuando me venían a visitar. En una esquina había una heladería. En la otra, una milonga. Tenía nueve pisos, más el departamento del encargado, que venía con terraza. A veces subía con mamá a colgar la ropa y veía a la hija de Américo desayunar en piyama. Era un poco incómodo, me ponía en su lugar, imaginaba cómo me sentiría yo si los vecinos colgaran sus cosas en mi balcón. La hija de Américo se llamaba Nieves. Tenía mi edad y por eso mamá le regalaba mi ropa, pero después, cuando me la cruzaba en el palier o en la plaza de enfrente, me daba cuenta de que mis remeras le quedaban cortas.

Nosotros vivíamos en el 4to A. En el B vivían los Pilchik, una familia tipo (marido, esposa, nena, nene), muy armoniosa, que se dedicaba al deporte. El hombre era el director de educación física de un colegio y ella, no sé exactamente qué hacía, pero siempre vestía conjuntos deportivos. Marta me tiraba del cuerito cada vez que me sentía mal. Agarraba la piel de mi espalda con tres dedos fuertes y la estiraba hacia arriba hasta que mi cuerpo hacía click.

En el tercero A vivían las Mormendi, tres chicas rubias que eran amigas de mi hermana mayor, diez años mayor que yo. Venían a mi casa y charlaban vaya-uno-a-saber de qué cosas, pero se reían como si estuvieran maquinando alguna travesura. Yo las observaba en silencio (porque me dejaban estar con ellas), pero no acotaba. Lo que me llamaba la atención era que cuando las chicas rubias estaban en su casa, desde arriba escuchábamos gritos y golpes metálicos. Mi hermana decía que ellas y sus padres se tiraban con cacerolas, pero no sabía por qué.

En el quinto A vivían Magalí, Ezequiel y su mamá, Estela. Una vez, en el ascensor, Magalí me elogió mi suéter azul con brillitos y mangas de Aladino. Otro día, al volver del colegio, cargada con mochila y bolsa, el mismo suéter se me cayó en el palier. Cuando me di cuenta, volví a buscarlo, pero ya no estaba.

En el quinto B vivían “los chicos del quinto”. En mi adolescencia, uno de ellos se volvió mi profesor de piano. Yo subía a su casa, atravesaba la cocina, donde estaba su mamá, que siempre me saludaba como por primera vez y me decía: ¡Qué bueno que Uriel te esté enseñando! Él era apenas más grande que yo, pero había estudiado música durante toda su existencia y, por su sabiduría, parecía un adulto.

SARMIENTO Y SALGUERO, ALMAGRO.

El edificio de mi abuela siempre tuvo olor a personas mayores. Eran los perfumes de las señoras, bien fuertes y dulces. Cuando viajé a Nueva York, en el free shop le compré una caja con fragancias en miniatura. Al sentir sus aromas, frasquito por frasquito, me transporté mentalmente al palier del edificio.

En el piso de abajo vivía Dora, la amiga de mi abuela, que tenía el pelo oscuro, sin teñir y sin canas, pero siempre estaba deprimida. Nos tocaba el timbre cada dos por tres y se quejaba de la humedad y otros fenómenos de la naturaleza, como los vecinos del primero A: una familia de dos obesos y un perro. El “nene” tenía cuarenta y pico de años. Ni él ni su madre, ¡ni su perro!, se bañaban y, para colmo, vivían con la puerta abierta. Entonces, al bajar por la escalera, los vecinos nos teníamos que fumar el vaho a podrido alojado en los pliegues de su piel. El perrito había sido blanco alguna vez, pero la mugre lo había teñido de óxido anaranjado. Una mañana, me saludaron de prepo, con beso en la mejilla. Casi vomito ahí mismo, en el ficus de verdes claros y oscuros.

PUEYRREDÓN Y SANTA FE, BARRIO NORTE.

El encargado se llamaba Atilio. Había sido chofer de un milico y se sentía muy orgulloso de eso. Era petiso, retacón, y caminaba como un bulldog. Su mujer, Nelly, era pura dulzura y lo ayudaba con las tareas de limpieza. Eran tan eficientes que una vez, cuando una milanesa descuidada se prendió fuego en mi cocina, grité ¡Atilio! ¡Atilio!, y en seguida, él y Nelly estuvieron en mi casa. El fuego se apagó solo, con el extractor.

Nosotros vivíamos en el sexto A. Desde mi ventana se veían bebés que recién nacían, como renacuajos saliendo del agua. Es que frente a casa había una clínica de maternidad. En año nuevo siempre nacía algún bebé y nosotros nos alegrábamos como si fuera un integrante más de la familia, ¡chin, chin!

En el quinto A vivían dos viejitos que conocí de la siguiente manera: subía yo, muy campante y sonante, cuando el ascensor se detuvo. No iba ni para arriba ni para abajo, así que me bajé y toqué el timbre. Me faltaba un piso, podía pasar por el departamento de los vecinos, hacia la puerta de la cocina, y subir por la escalera. ¡¿Quién es?!, gritó la viejita con tono de rusa o italiana. Soy su vecina del sexto, se quedó el ascensor, ¿me deja pasar? La viejita abrió la puerta de a poco. Primero la entornó y me miró de arriba abajo, y abrió un poco más. Gracias, señora, es muy amable.

Tenía el pelo largo, blanco y gris, enmarañado, como una tela de araña. Al instante vi al viejito. Estaba sentado en un sillón verde botella. Lo que no pude ver bien fue su cara porque estaba muy encorvado.

Entré y vi una cucaracha subir a toda velocidad por el marco de la puerta. Giré y vi otra en el picaporte. Miré hacia abajo y vi una cantidad incontable. Cientos, miles, millones de cucarachas medianas andaban frenéticas de un lado a otro. Las pisé, crack crack crack crack crack crack…hasta la cocina. Gracias, señora, cuídese. En el pasillo iluminado me fijé si no me había quedado con alguna visitante. Subí un piso y entré a mi casa. Me saqué toda la ropa en el lavadero y corrí en corpiño y bombacha hasta el baño. En la ducha pensé en los viejitos. El agua masajeaba mi cuerpo. Me dio mucha tristeza la dejadez, la muerte en vida.

PEÑA Y URIBURU, RECOLETA.

Edificio de cuatro pisos. Yo vivía en el tercero. Al lado había una rotisería que descargaba su olor en nosotros. Compraba ahí porque cocinaban rico, pero al edificio llegaba el lado oscuro de la cosa: el desperdicio, la contaminación olfativa y, por supuesto, siempre presentes, las cucarachas.

Cuando venían visitas, se tapaban la nariz y hacían comentarios de lo más discriminatorios acerca de mi hábitat. Yo los comprendía, pero también me sentía bastante mal. Me había acostumbrado y ya no me parecía tan tremendo. Mis amigas exageraban.

No teníamos encargado, sólo una mujer joven que iba dos horas por día a limpiar. Tenía el pelo lacio y largo hasta por debajo de la cola. Le gustaba charlar y quejarse de la vida, todo lo que pudiera, pero de mí recibía poco feedback. Uno de sus ojos siempre apuntaba a la luna.

De las únicas vecinas que me acuerdo es de la señora y la nena que vivían en el otro mono ambiente de mi piso. Nunca tuvimos relación, hasta que un día vino la policía a desalojarlas. Al ritmo desesperado del llanto, la señora me contó que no había pagado el alquiler por tres años y por eso la dueña del departamento había recurrido a la fuerza. No tenía a dónde ir, ni en quién confiar; sólo contaba conmigo, una completa desconocida. Volvió a su departamento. En la puerta había dos policías que esperaban a que la señora y su hija se llevaran sus pertenencias. La señora volvió a mi mono ambiente. Entró, cerró la puerta tras de sí, y me entregó un bolso negro, repleto de cosas: ollas, sartenes, portarretratos sin fotos, fotos sueltas, cubiertos, ropa, licuadora, candelabros de bronce, un teléfono, etc, etc, etc. Puso la correa del bolso en mi mano derecha y me la agarró. Mi mano y su mano estaban transpiradas. Guardame esto, por favor, hasta que encuentre dónde vivir. Abrió la puerta y se fueron, ella y su hija, escoltadas por los dos policías.

Un año más viví en Peña y Uriburu. El bolso negro quedó detrás del sillón blanco. El sillón no era mío, era de la dueña del departamento, así que no me lo llevé. Tampoco me llevé el bolso negro. Espero que la señora y su hija no estén viviendo en la calle.

YATAY Y PERÓN, ALMAGRO.

En Yatay viví con mi ex, sola, con una amiga, sola otra vez, con un chongo sudafricano, sola otra vez, y con mi actual marido. Sin embargo, siempre conviví con los mismos vecinos. A la izquierda, Valeria, ordenada, odontóloga, solidaria. Una mañana, a eso de las seis, le toqué el timbre desesperada porque se me había infectado una muela. Ella me atendió y me dio un calmante sublingual mágico. De vez en cuando, nos juntábamos a tomar un té o a comer galletitas de agua con anchoas. No teníamos mucho que ver, pero nos teníamos – y nos seguimos teniendo– cariño. Yo sabía si Vale estaba en su casa o no, porque cuando estaba, pasaba el tiempo tocando la flauta traversa. Lo hacía divinamente, pero cuando charlábamos, siempre me contaba que no avanzaba, que no tenía el nivel que quería.

En el piso de abajo vivía un pelado que fumaba en el balcón y hablaba todo el tiempo. Su voz era tan poderosa que parecía entrar como el humo por mi ventana. Durante un tiempo vivió solo, pero un día apareció una chica cubana, con el culo más grande de la historia y una cabellera afro bien cool. En el palier o en el ascensor se los veía muy románticos. Él siempre le ensartaba una mano en las nalgas. Sin embargo, casi todos los días, desde arriba, escuchaba que le gritaba: ¡Nena, te dije que compraras leche!, ¡Aprendé a lavar, nena!, y otros absurdos reclamos del estilo, hasta que dejó de gritarle. Pensé que se habría calmado, que habría terminado la violencia familiar, pero no, era otra cosa. Una tarde, escuché que el flaco hablaba por teléfono. En vez de usar su acento porteño, hablaba como si fuera cubano: “es que, hermano, esta mujer me ha sacado todo lo que yo tenía”. La ‘j’ de mujer la pronunciaba como una ‘h’ en inglés. “Tienes que ayudarme, hermano”. Yo sabía que al decir ‘hermano’, no se refería a su hermano de verdad.

Ya no hacía tanto calor, pero igual dejé la ventana abierta para enterarme de los detalles. Al final, la culona, una maestra. Se había bancado el maltrato, pero ahora se lo estaba cobrando, con un anillo en el anular y los bienes gananciales en el bolsillo.

Otra vecina significativa era la anoréxica del quinto. Una más que vivía con la puerta abierta, pero esta, además, escuchaba música a todo volumen. Bandas súper variadas, de heavy metal a Chayanne. Cuando me mudé al edificio, ella estaba de novia con un morocho musculoso, pero un día le tiró todos sus pantalones, calzoncillos y sus remeras sin mangas por el balcón, y lo echó a patadas. Lo sé muy bien porque, cuando hizo eso, justo yo estaba llegando y unas cuantas remeras me cayeron en la cabeza. Después, empezó a salir con un rubio de ojos vidriosos y olor a birra, que siempre me miraba como pervertido. Calculo que a todo el mundo miraría igual, pero a mí me daba miedo y si tenía que subir con él, solos en el ascensor, me hacía la que me había olvidado de comprar algo en el almacén y volvía a salir del edificio. Una noche vi que la anoréxica le abría la puerta de calle a un mozo de la parrilla. Otra noche, la visitó el mismísimo parrillero. Otra, el camarero sin dientes. Y un par de noches seguidas, el verdulero del chino. No sé de dónde sacaba la energía, todo su cuerpo tendría el tamaño de una de mis piernas.

COSTA RICA Y RAVIGNANI, PALERMO.

A la izquierda de la medianera, vivían un adolescente, siempre vestido de fútbol, y su abuela con caniche. El pibe se pasaba el día en la casa con sus veinte amigos. Se juntaban en la terraza y saltaban como si estuvieran en la cancha. La reverberación movía un poco el piso de mi cuarto. Entonaban canciones de cumbia, pero les cambiaban las letras para convertirlas en cánticos futboleros. Era de Racing, lo supe por las letras, no por la ropa, porque para mí era lo mismo que la camiseta fuera de Racing o de Argentina.

El pibe estacionaba su moto contra el árbol que estaba frente a mi puerta, al lado del tacho de basura que compartíamos todos los vecinos de la cuadra.

La abuela con caniche vivía en la habitación de adelante y siempre estaba parada, con el mini perro en brazos, mirando los dos a través de las rejas.

Al otro lado de la medianera vivía una vecina cliché, que siempre salía a la calle con ruleros, pantuflas y camisa floreada. Una semana llovió sin parar, con granizo y todo. Las bolas de hielo zapatean la chapa, una música de lo más terapéutica. Mi vecina cliché  decía que se venía el fin del mundo.

CABILDO Y JURAMENTO, BELGRANO

Primera noche de insomnio en este departamento. Me puse a leer un libro increíble. Me gusta mucho, pero al mismo tiempo me distraen las voces de unos vecinos que gritan y se divierten. Son voces de vikingo. Imagino hombres grandotes con cuernos de metal. No sé de qué departamento serán, hay ocho a mi alrededor. El tic tac del reloj del living es un corazón fuera del cuerpo. De día no se oye porque pasan autos y bocinas y hasta el helicóptero presidencial.
La novela es de Kobo Abe. Se llama El hombre caja y cuenta la historia de un hombre que vive dentro de una caja de cartón. Parece redundante, pero no, porque si no lo hubiera dicho así, se habría entendido como que el hombre era, en sí mismo, una caja. Pienso en los objetos que hay en casa y me pregunto en cuál de ellos podría meterme.

Salgo a tomar el ascensor. Parece que los vecinos finalmente se mudaron al pasillo. La señora se fuma un pucho, tranquila, sentada en la escalera. La nenita corre y grita y revolea por el aire una muñeca a la que le falta una pierna. El bebé llora como gato, y el gato me mira con carita de “adoptame, adoptame”.

La vecina que paraba en el pasillo ya no está. Ahora hay otros. Claro que están Nati y Demi, mis amigos, pero ya no computan como vecinos.

Pienso en los que sí son vecinos, con quienes casi no tengo relación y, a su vez, tengo la relación más importante que se puede tener: la de convivencia. Me pregunto cuán triste me sentiría si alguno se muriera.

El vecino de al lado, a la izquierda, me cae muy bien, porque es de mi generación, hablamos parecido y escucha la misma música que escuchamos en casa.

Sobre la señora rubia del departamento con orientación norte, tengo para decir: que siempre que nos encontramos en el pasillo, ella tiene puesta su campera celeste matelassé y yo, mi campera azul, ¡también matelassé! Y eso que no es la prenda que más uso, pero cuando tengo el saco gris o la campera rosa, no me la encuentro. El matelassé nos une y hace que nos miremos con empatía.

El señor bajito y encorvado que tiene el pelo blanco entre engominado y grasoso, ese que combina pantalón de traje con una campera rompeviento que le queda enorme, es muy amable. Siempre me espera con la puerta del ascensor corrida, sin apuro. Y cuando entro, me pregunta a qué piso voy. Le respondo que al séptimo y me adelanto a marcar el cuarto. Me sonríe, con una ternura que sólo los viejos tienen, sin importar cuál haya sido su pasado. Una vez me contó que extrañaba su casa de Parque Patricios, con perro y jardín; que vivir en el departamento lo ponía triste; que su hijo lo había obligado. Me dio información valiosísima de su vida en unos pocos segundos de ascenso, como si fuéramos astronautas compartiendo secretos camino al espacio.

Tal vez por este dato de su añoranza que me dio aquella vez, me conecto más con él que con los otros dos vecinos, e imagino que el señor toma una terrible decisión. Se pega un tiro que retumba en todo el edificio y que al principio yo pienso que puede haber sido cualquier cosa, porque siempre hay ruidos estruendosos por acá. Por ejemplo, el choque de vidrios contra la vereda, cuando a algún fletero torpe se le cae un cuadro del negocio que está enfrente; o los ladridos del racimo de perros que el paseador deja abandonado en la esquina, mientras se fuma un pucho con el diariero.

El tiro que oigo en mi imaginación no tiene ningún origen concreto. Pero después, en el palier, todos los vecinos se juntan a comentar con Gervasio, el encargado, con su ayudante, con la esposa del ayudante, con la presidenta del consorcio, de pelo a dos aguas, y con la viejita de patas de tero que nos sobrevivirá a todos, hasta a Dios.

Y entonces, yo, sin saber si estoy triste o no, si debería estarlo; si yo tendría que haberlo salvado por contar con la información de su tristeza, llamo a mi amiga Natalia para charlar sobre el tema con alguien realmente querido del mismo bodoque llamado edificio. Le digo: “nunca hubiera imaginado que el señor del cuarto tenía un arma”.

Salgo de mi trance, el pobre señor está lo más bien, triste, pero vivo. La viejita tero y la presidenta del consorcio siempre están abajo con Gervasio, no es mérito de mi imaginación.

El que no me termina de cerrar es el vecino que se acaba de mudar a la derecha. Mira la tele a la madrugada, a un volumen altísimo. El noticiero se me cuela en los sueños. Tal vez por eso es que tengo pesadillas. Su habitación queda pegada a la mía. Ah, esto es lo que no me cierra: que a su noticiero lo invada mi intimidad.

Por Janice Winkler

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