Biografía exprés del crecimiento amoroso, de Janice Winkler

1982. La chica tiene dos años y medio, y empieza el jardín de infantes. Cruza la puerta y se pone a jugar con Marcelo. Son novios. La chica todavía no sabe de conceptos ni consideraciones. Siente los conceptos, siente que amar es compartir. Entonces, comparte a Marcelo con su prima segunda. Durante las vacaciones, los olvida, hasta que vuelve a verlos en marzo y es como si el tiempo no hubiera pasado.

En 1984, se cambia de jardín. No ve más a su prima segunda ni a Marcelo y los olvida para siempre.

Conoce a Alejandro. Se ponen de novios. La chica sigue en su natural estado de amor anárquico, libre, y comparte a su novio con Carla.

En 1986, a la edad de cinco años, ingresa en la escuela primaria. Alejandro ya no está. Carla sí. Ninguna de las dos tiene novio hasta el año siguiente.

1987. Entra a la escuela un pelirrojo llamado Julián. La chica acepta ser su novia. Carla se mete sin que la llamen, son un trío. Julián invita a la chica a conocer su casa en construcción. La madre de la chica la lleva y se queda hablando con la madre de Julián, mientras ellos suben y bajan escaleras de hormigón sin pintar y sin barandas. Al otro día, Carla les hace la primera escena de celos en la vida de la chica. El amor libre y anárquico llega a su fin.

1990. La chica ya está en quinto grado. Menstrua por primera vez. Su madre imaginaba que eso pasaría, por el tamaño de su busto. La niña tiene tetas y necesita usar corpiño, antes que cualquiera de todas sus amigas. Luciano, con su pelo castaño, corte taza, se le acerca: “¿Te querés meter conmigo?”. Ella acepta. No hablan nunca más, pero saben que son novios. En los asaltos bailan juntos, con los brazos bien estirados. Los de ella, sobre los hombros de él. Los de él, en la cintura de ella. “¿Te querés meter conmigo?”, una pregunta mucho más profunda de lo que él y ella creen. ¿Te querés meter con mis problemas, con mis caprichos? Todavía está lejos de ¿te querés meter en mí?

1992. La chica se entera de que a su mejor amiga le gusta Luciano. Lo deja. Él se enoja, pero a los pocos meses comienzan a ser amigos. Hablan mucho más que durante el noviazgo.

1993. La chica y sus compañeros de escuela se van a La Falda, Córdoba, de viaje de egresados. Ella no ha pensado ni tenido aún sensaciones físicas. El amor sigue siendo algo tan lejano como la luna y tan cercano como la risa y el juego. Sin embargo, entra en el hotel, ve a Federico y algo en su cuerpo se modifica. No puede dejar de mirarlo. Él juega al metegol con otros varones, pero la mira de reojo. Detiene su juego, se acerca y se presenta. Ella hace lo mismo. A su lado está Carla. La chica gira y al oído le avisa que ya no comparte, que la que gana, gana. Dos noches después, la chica y sus compañeros van a bailar a un boliche que se llama Happening. Hacen coreografías; hay una canción que se llama “Dale a tu cuerpo alegría Macarena”. El cuerpo de la chica se mueve con gracia. Federico la toma de la mano y la lleva a un jardín, tras la puerta del boliche. La chica, no sabe cómo, está apoyada en una pared de ladrillos. Federico, pegado a ella, desde los pies hasta la cara. Él hace: acerca la boca, abre los labios, abre los de ella, mete una lengua esponjosa. La chica tiene los ojos abiertos y se pregunta qué debe hacer, pero al instante ya entiende todo y siente, por primera vez, una electricidad que podría matarla y estaría todo bien.

1994. El primer beso abrió el canal. ¿Quién sigue? Pablo, dieciséis años. La chica, trece. Se conocen en Villa Gesell, en una playa muy concurrida. Los padres de la chica le dicen que tenga cuidado. La chica confía en Pablo. Sale con él y sus amigos a bailar todas las noches, todo el mes. En la playa, juegan en la arena, se besan en el mar. La chica se siente tan liviana y abundante como una ola. Él le toca una teta y eso es todo. Le cuenta que en Buenos Aires tiene una novia de dieciocho años. Los ojos de la chica se enrojecen, pero entiende que con la otra va a llegar más lejos. “Está bien, quedate con ella, yo no voy a ir más allá”. Él le dice que no, que está enamorado de ella, que a la vieja la va a dejar. Así es. En el boliche escuchan una canción de UB40. Pablo llora. Le cuenta que con esa canción se empezó a incendiar el boliche donde murieron sus mejores amigos. La chica lo abraza. El amor es cuidar.

Terminan las vacaciones, vuelven a Buenos Aires. Él viaje desde Vicente López a Almagro para visitarla. A ella le parece que es larga distancia. El día de los enamorados él le regala un CD. Ella aprovecha la ocasión para serle sincera, para decirle que ya no siente lo mismo que en el mar, y lo deja.

1995. La chica cumple quince años. Una amiga le pide que la pase a buscar por el cine, porque tiene una cita a ciegas; que la pase a buscar por si el chico no le gusta. La chica se toma un taxi y busca a su amiga en un cine de Callao y Santa Fe. A la amiga el chico no le gusta, pero a la chica, sí. Se hacen amigos. Fuman juntos por primera vez. El chico le pasa el gusto por el fútbol, la lleva a la cancha, la hace de San Lorenzo. La chica se enamora y se lo dice. Martín le responde que la adora, pero como a una hermana. La chica se deprime y se aleja. Un tiempo nomás. Después ya empiezan a gustarle otros chicos; vuelve a acercarse a Martín y retoma la amistad. Ella no actúa, pero niega sus verdaderos sentimientos, se convence, ya no lo ama; pero un día, Martín la cita en una plaza. Él está triste. Su piel blanca está más blanca que nunca. Ella le pregunta si se siente mal. Él le responde que sí, que está mal, porque sabe que perdió su oportunidad, que ahora él está enamorado de ella y que a ella ya se le pasó. La chica sonríe con toda la cara y despierta de su periodo de auto-negación. “Yo sigo enamorada de vos”. Se besan, es un beso hermoso. Son: el primer novio de ella, la primera novia de él, el primer amor.

1996. La chica regala la camiseta de San Lorenzo. El fútbol no le interesa. Ya no es la novia de Martín. Se aburrió.

En verano, una vez más, va a Villa Gesell con sus padres, donde pasa todo su tiempo con su amiga Melisa. Leen poesía, toman helado, se juntan con Gastón y Juan Pablo, amigos de la chica. La chica se enamora de Gastón. Gastón se enamora de Melisa. Melisa se enamora de Juan Pablo. Juan Pablo se enamora de la chica. Así las cosas no funcionan.

En Buenos Aires, la chica y Gastón pasan noches enteras filosofando y tomando cerveza en Plaza Francia. La chica muere por darle un beso. Gastón muere por besar a Melisa. Las cosas siguen sin funcionar. La chica se aburre del sufrimiento y se abre. No lo ve más.

1997-1998. Sequía, interrumpida por algún que otro amorío indistinto, insípido, como el del chico rubio de pelo largo que le regala un bon o bon para la semana de la dulzura.

1999. La chica se junta con un grupo de provincianos. El carilindo que toca la guitarra les gusta a todas; a la chica y a sus amigas. La chica se lo gana. Salen tres meses. La primera vez no es en una cama, sino en una carpa bajo una lluvia torrencial. La chica no tiene mucha experiencia, pero el carilindo es torpe, así que ella toma las riendas del caballo.

2000. La historia con el carilindo se interrumpe por los celos de las amigas. Todas lo quieren. La chica no sabe vivir en medio de reproches. El carilindo le gusta, pero prefiere la paz.

A la chica empieza a gustarle el kiosquero de la esquina. Es gordo, tiene el pelo largo, remera de Los Redondos (siempre) y un ojo apenas desviado. La chica se siente atraída por tanta fealdad. Va al kiosco tres o cuatro veces por día. Le pide un pico dulce, le guiña el ojo. El kiosquero no agarra las señales. La chica le pregunta adónde va a bailar los fines de semana y empieza a ir al mismo boliche con sus amigas. Se ven todos los sábados, pero no pasa nada. Hasta que un día, el kiosquero le cuenta a la chica que va a cerrar el kiosco. Ella se desespera y acciona. Le cuenta a un amigo del kiosquero que a ella el kiosquero la vuelve loca. El kiosquero la invita a tomar un fernet y: ¿Querés ser mi novia? La chica acepta. Así empieza un romance que dura aproximadamente dos años. No son novios en el sentido estricto de la palabra. No hacen cosas de novios, como salir con los amigos o cenar en la casa. El kiosquero conoce a los padres de la chica, pero por kiosquero. La chica no conoce a la madre de él. Una noche, cansada de telos, la chica lleva al kiosquero a su casa. Le dice que está todo bien, que los padres duermen. Así es, pero en medio de la noche, la madre de la chica abre la puerta del cuarto, sin golpear ni pedir permiso, y ve al kiosquero con una teta en la boca. La madre cierra la puerta y no le habla por dos semanas. El kiosquero va al baño y se descompone. El supuesto noviazgo se esfuma poco a poco, al ritmo del silencio.

2001. La chica sigue yendo con sus amigas al mismo boliche. Conocen a un grupo de chicos que usan zapatillas de lona blanca. A la chica le llama la atención uno bajito, con ojeras, pelo lacio y rubio. Le llama la atención porque siempre está solo, sentado en algún escalón, fumando, como fumaban los actores de cine cuando el cigarrillo era un arma de seducción. Sebastián también se fija en la chica y una noche la invita a la barra. Toman algo. Él la besa. Ella responde, y a partir de ahí, se besan cuatro años sin parar. La relación es la opuesta a la que tenía con el kiosquero. Es una pareja formal. Ella pasa mucho tiempo en la casa de él. Tienen poco sexo; bastante bueno, pero poco para la edad. Ella está cansada de hacerlo en la casa de él y lo obliga a frecuentar telos. Él dice que no tiene plata. Ella dice que no importa, que ella paga. No funciona, a él no le gusta que le paguen ni que le den órdenes. La deja. La chica llora en el umbral de un edificio; llora hasta quedarse sin aire. Con su primer celular, llama a su amigo Ariel, que la pasa a buscar con el auto y la rescata. Los días que siguen son zapatos que le aplastan la cabeza: migraña de soledad.

2004. La chica aprovecha la decepción y la tristeza para estudiar desenfrenadamente, y se recibe. Festeja, va a otro boliche, con otras amigas, conoce a su próximo novio: un hombre igualito a Jesús. Sí, a Jesucristo. Es flaco, alto, barbudo, bronceado. Tiene los ojos color turquesa, como un mar cálido. Es cálido, provinciano, amable, encantador. La chica se enamora. Él se enamora. A los seis meses se mudan juntos a un monoambiente. La chica pensó que había vivido desilusiones, pero se da cuenta de que sólo habían sido momentos. Desilusión era otra cosa. Era caer en picada, a doscientos kilómetros por hora, estrellarse de frente contra una roca y desintegrarse. La chica y el chico no supieron convivir, aunque lo intentaron unos tres años. Intentar el amor no tiene sentido.

2007. La chica enseña español a turistas. Uno de sus alumnos es sudafricano, rubio, tiene rastas gruesas que cuida con obsesión. La chica le enseña a decir “me gustás mucho”. Se lo dicen una y otra vez, cada vez más cerca. El sudafricano cambia su pasaje. En lugar de diez días, se queda tres meses. Se instala en la casa de la chica. La casa vacía, sin los muebles que se había llevado Jesús. El sudafricano es bailarín de tango. Le enseña a la chica todos los pasos.

2008. La chica se reencuentra con su amigo Gastón, aquel de la adolescencia. Él dice que está solo, pero está con alguien. Ella dice que está sola, pero nunca está sola. Se juntan a tomar mate, a tomar cerveza, a comer. Pareciera que su amistad está intacta. Se ven cada vez más. Ella ahora está sola. Él ya no está con nadie. Ella se vuelve a enamorar de él. Él se enamora de ella por primera vez. Él sigue teniendo pelo largo. Ella se lo corta. Su amistad es amor. Su amor es como todos los pájaros del mundo volando a la vez. No es amor anárquico como en la infancia, pero tampoco es amor de intento. La chica y Gastón se casan, una primera noche y todos los días. Sin moverse de su pequeño hogar migran a países lejanos, se abrazan bajo copos de nieve danzantes; se abrazan como si fueran a partirse, y siempre se miran a los ojos.

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