Instante de transformación, de Janice Winkler

P1030652La morcilla parecía un pito gigante,

por eso la metí directo

en el horno, sin cortar.

Entonces me tocó encargarme del lomo.

Lo saqué de la bolsa que compartía con la poronga.

Lo agarré con sumo cuidado,

¡Parecía un corazón!

Corazón en llamas, cuánta sangre.

Nada de violetas o azules:

nada de eufemismos.

Era sangre roja

que corría fresca por mis manos.

Y pensé:

¿Quién puede matar a alguien?

¿Quién puede pedir la carne jugosa?

¿Quién puede comer a alguien muerto?

¿Me estoy volviendo vegetariana en este instante?

Mientras interrogaba mi humanidad,

despedazaba el lomo,

lo hacía tiritas,

lo desalmaba para siempre,

sujetándolo con fuerza y deslizando el cuchillo.

Después me lavé las manos, como “acá no pasó nada”,

y puse aceite y aceto ahumado en la sartén.

Click, encendí la hornalla,

y eché la carne, que pronto crepitó en los jugos,

en el aceite, el aceto, y en su propia sangre.

Agregué una pizca de sal entrefina y, con un cucharón de madera,

hice que las tiras bailaran en su crepitar.

Bailar hacia la transformación.

La sangre ya no era roja

ni había ingrediente que pudiera identificarse por separado.

Pinché una tira con un tenedor

y supe que estaba lista.

Es un conocimiento visceral, nada que pueda explicarse.

Es la consistencia de la carne,

su color amarronado con huellas de gris.

La serví en un plato. También estaba lista la morcilla,

que saqué del horno y no tuve otra opción que cortar.

En mi boca se mezclaron.

¡Delicioso!

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