Vivian Leigh, de Janice Winkler

(Fragmento de Crema Pastelera)

A las ocho de la noche, todas las noches, venía Vivian Leigh. En realidad se llamaba Viviana algo, no recuerdo su apellido, pero a mí me gustaba llamarla como la actriz de Lo que el viento se llevó. Yo tendría once años. Vivian venía a casa a enseñarme matemática, lengua, geografía, historia, inglés, lo que tuviera que practicar para la escuela. Era una especie de institutriz moderna. Las institutrices de los cuentos siempre tienen carácter fuerte; son altaneras, antipáticas y refinadas. En general son flacas, usan traje negro entallado y rodete, como si fueran a un velorio. A las institutrices de los cuentos no les gustan los chicos. Sin embargo, a Vivian Leigh, yo le caía muy bien y le encantaba el apodo que había elegido para ella. Vivian era morruda, usaba jeans celestes y remeras sueltas, de colores claros o, a veces, rojas, con inscripciones de lugares, como “I ♥ Villa Gesell” o “Mundo Marino, San Clemente del Tuyu”. Ahora entiendo que en ese momento, Vivian tendría alrededor de veinte años y pienso: una pendeja; en esa época, para mí, era la edad que yo iba a tener en el año 2000, cuando los autos volaran.
Nos sentábamos a la mesa, en la banqueta larga que estaba delante de la despensa. Vivian se ubicaba a mi derecha y se acercaba mucho a mí para explicarme los distintos temas. Su aliento me desconcentraba, siempre tibio y levemente desagradable.

Mientras desplegaba su conocimiento sobre las hojas rayadas o cuadriculadas, se acomodaba el pelo lacio, tan largo que le pasaba la cintura y me daba la sensación de que Vivian era una persona constante, sin apuros. Mi pelo era pajoso y para las fiestas y reuniones importantes, me lo alisaba con la planchita último modelo que le habían comprado a mi hermana mayor.

El pelo suave de Vivian caía sobre las hojas, tapaba algún conjunto o una caja de análisis sintáctico, pero ni a ella ni a mí nos preocupaba.

Cuando terminaba la clase, llegaba el turno para ir a bañarme y le cedía mi lugar en la mesa a mi hermana Caro, que se acercaba con el pelo limpio y brilloso. No me gustaba ese intercambio. Yo prefería quedarme con Vivian, charlando sobre algún tema trascendental, como si tal palabra era el núcleo del sujeto o si cualquier frase entre comas era una aposición; pero no tenía otra opción que darle un abrazo, decirle “hasta mañana, Vivian Leigh” y caminar hacia la ducha, rezongando, porque en la rutina, al baño le seguía la cena y a la cena, la noche, y a mí no me gustaba dormir.

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