Una transición, de Janice Winkler

(Fragmento de Crema Pastelera)

En el abril de mis trece años, murió Kurt Cobain. Me lo contó un compañero en la puerta del colegio. Me dijo:

—Dicen que se pegó un tiro.

—¿De dónde lo sacaste? Es imposible.

Diego tenía razón, el líder de Nirvana, una de mis bandas favoritas, había decidido matarse. Miré hacia abajo, la escalinata se veía muy empinada. Entonces me senté y me quedé ahí, con una bola de incredulidad en el pecho. Más tarde, con la luz de la mañana, rompí en llanto. Yo sabía que la vida era un don a veces fuera de control, pero que igual había que cuidarlo. Había visto a mi mamá caer y salir airosa de la parte inmanejable, y me había propuesto ser como ella: una persona feliz.

Ese día no entré a clase, volví a casa y me acosté en la cama. Me tapé con el acolchado y transpiré todo el dolor que sentía, mientras en el equipo de música sonaba la voz rasposa de mi ídolo muerto.

La muerte suele ser el fin, pero para mí, fue el principio de mi adolescencia.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s