Superpoderes de la infancia, de Janice Winkler

Hace dos meses que Baltazar usa una bota ortopédica. Me acerco a su banco y le pregunto cuánto tiempo le falta para que se la saquen.

—Ya no la necesito— me responde.

—¿Y entonces por qué la usas?

—Porque mi papá la tiene alquilada por otros quince días, no la podemos desperdiciar.

No sé qué responderle, me da pena que lo hagan andar rengueando para justificar el dinero que gastaron. Vuelvo a mi banco de señorita maestra.

Cinco o seis chicos me llaman al mismo tiempo. Sus vocecitas se mezclan en el aula:   ¡“Miss Janice”, “Seño”, “Janice”, “Miss”!

El “seño” me mata, me parece muy tierno. También me emociona cuando me vienen a saludar en el recreo y me cuentan sus cosas, en lugar de aprovechar sus diez minutos de libertad.

Baltazar usa aparatos fijos. El colmillo derecho le nace muy arriba en la encía, como un brotecito desorientado.

En su cuaderno de comunicaciones la madre le mandó una nota al maestro de castellano: “Estimado Mario, Balta faltó a la mañana por cuestiones médicas. Se reincorporará a la tarde para inglés. Saludos, Liliana”.

“Por cuestiones médicas”, repito para mí y pienso en Marisabel, mi maestra de sexto y séptimo grado. En realidad se llamaba María Isabel, pero todos siempre unimos sus dos nombres. Cuando digo “todos”, me refiero a mí, a mis compañeros, a nuestros contemporáneos del turno tarde, a nuestros hermanos y primos, y hasta algunos de los padres de mis amigos.

Marisabel en mi escuela era una institución en sí misma. Ahora es un fantasma que a nadie le gustaría invocar en el juego de la copa.

Miro a Baltazar y me acuerdo de mi versión de doce años, me acuerdo de cuando me internaron porque me había dado alergia la vacuna del sarampión.

Habían venido del Ministerio de Salud porque la vacuna era obligatoria. Nos hicieron formar en fila y una enfermera, parada delante del pizarrón, nos la fue aplicando uno por uno.

Esa misma noche, mis padres y la vecina que me tiraba del cuerito me llevaron de urgencia al sanatorio Mitre, porque se me cerraba la garganta. Una nube oscura, como sombreada con papel secante, nubla el recuerdo que va desde la llegada al sanatorio hasta que me desperté en una camilla, con un brazo pinchado y el suero colgando.

Frente a mí, pero en lo alto, un televisor enganchado a la pared mostraba a fanáticos de Guns N’ Roses que hacían una extensa cola alrededor del Monumental. Muy inocente le ordené a mi mamá:

—Mami, tenés que ir ahí a comprarme la entrada.

—Vos estás loca si te creés que vas a ir a un recital después de lo que te acaba de pasar.

—¡Pero si ya estoy bien!

—¡No vas a ningún lado y no se habla más!

Lloré con desolación y la acusé de incomprensiva, ¿¡qué sabía ella de fanatismos!?

Al mes volví a la escuela y hacía frío. Ya era tiempo de usar la campera Lacar, fucsia, rosa claro y gris.

El primer día tuvimos clase de computación. En una hoja cuadriculada nos hicieron dibujar la tortuguita, que no era un animal, sino un triángulo. Yo me sentaba con Nati y nos reíamos mucho. Debíamos ser tan insoportables como algunas de mis alumnas que no paran de hablar.

Gustavo, el profesor de computación, me gritó:

—¡Janice, te vas al patio!

En el aula estaba Marisabel, porque era la titular de séptimo y se quedaba durante las horas especiales.

Cuando Gustavo me mandó al patio, ella lo miró a la cara, negó con la cabeza y le dijo:

—No, ella no puede salir, es una chica enferma.

Yo me sentí aliviada, por un lado, pero por otro, sabía que me estaba defendiendo el mismísimo diablo y que eso arruinaría mi reputación de líder rebelde.

A Marisabel todos le tenían miedo, incluso los otros maestros. Gustavo se quedó callado por un momento, clavándome sus ojos de odio. Después, como si se hubiera destildado, siguió explicando el sistema Logo.

Cuando terminó la clase de computación, Marisabel nos hizo sacar el diario. Íbamos a leer las últimas noticias sobre la guerra de Yugoslavia, pero antes de empezar y en medio del más vergonzoso silencio, me  miró y me dijo:

—Eso de que sos una chica enferma no es cierto. En realidad sos hipocondríaca.

Y enseguida le ordenó a Jimena que empezara a leer el artículo de la página catorce.

Me acerqué al oído de Nati y le pregunté si sabía qué significaba hipocon ¿qué? Ella levantó los hombros en señal de “ni idea”.

A nadie le importaba ni entendía nada de lo que estaba pasando en Yugoslavia. Ni siquiera sabíamos dónde quedaba ni en qué idioma hablaban sus habitantes. Leíamos como autómatas para ganarnos el diez. Es que Marisabel sólo ponía dos notas: uno o diez. Si te sacabas diez, te hacías pis encima de la emoción. Si te llevabas el uno, te volvías un gusano arrastrado, humillado, que sólo esperaba vivir bajo tierra.

Ese día leí muy mal, me costaba reincorporarme después de la internación. Había quedado nerviosa por la falta de aire, el olor del sanatorio, la prohibición de ir al recital.

Estaba segura que sobre mi cabeza iba a caer un uno gigante para aplastarme delante de mis compañeros. Pero no, Marisabel me regaló un diez. Entonces me iluminé y me di cuenta de que eso que me había dicho, que yo era hipocondríaca, debía ser algo positivo, “ya sé”, pensé, “debe ser un superpoder”.

En esa época iba a la escuela en jumper. Ahora uso un guardapolvo largo, con un “Miss Janice” bordado en el bolsillo y un escudo del colegio que dice Luz y Guía.

Les pregunto a los chicos si tienen una banda de música favorita. Varios inflan los pulmones y, al unísono, gritan: ¡¡¡Guns N’ Roses!!! Cantamos Paradise City a todo volumen. El pecho se me oprime, siento un nudo en la garganta y con la manga blanca del guardapolvo seco mis ojos húmedos, invadidos por una fuerza interna, un superpoder hipocondríaco y melancólico.

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Un pensamiento en “Superpoderes de la infancia, de Janice Winkler

  1. Notable!!! Los chicos tienen superpoderes, lamentablemente a veces los maestros se la creen y actuan para intentar quitarselos!!!

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