Chuchi Club, de Janice Winkler

Es sábado, llueve. Voy a la casa de mis padres en una combi. Soy la única que tiene puesto el cinturón de seguridad. Me lo pongo un poco por consciencia, otro poco, por cábala. En el asiento de al lado, una señora lee un libro que está de moda. Lo veo mucho en el subte. Es muy abundante; juego a adivinar la cantidad de páginas, creo que deben ser trescientas cuarenta y dos. A mi mamá le regalaron uno de la misma autora. Como no me gusta ser prejuiciosa, pero no puedo evitarlo, me probé a mí misma y me lo llevé al baño. Leí las primeras cinco páginas. Mi función en el baño ya había terminado, pero decidí quedarme sentada, quería leer un poco más, darle la chance. Me pareció aburridísimo. Más allá del prejuicio sobre qué es bueno y qué es malo en literatura, eso es lo que me pasó: me aburrí, así que tomé un montón de páginas con el dedo mayor, el índice y el pulgar, y fui directo al final. El libro termina con su propio título, que es un nombre de mujer. Pensé en sus ávidos lectores: ¡remarla trescientas cuarenta y dos páginas para que termine con el título! Una jugada injusta.

La cadena del inodoro no funciona hace años, desde que tengo memoria. Voy en busca de un balde, lo lleno en el lavadero y vuelvo.

Cuando salgo me cruzo con papá. Le pregunto si tiene una crema para el sarpullido que tengo en la pierna. Los médicos le dicen ‘rash’, como en inglés. Vamos a su cuarto. Abre el armario y saca una caja celeste. Enseguida encuentra la pomada y me la da (mi papá es un héroe). Busco la fecha de vencimiento: 07/04/09. Le digo que ni loca la uso, que está re vencida. Él me responde que los medicamentos no se vencen, que la use sin miedo. Buceo entre el resto de los remedios que hay en la caja: están todos vencidos. ¿De dónde salí?, me pregunto, ¿cómo puede ser que mi papá tome drogas vencidas y yo mire hasta el vencimiento del agua mineral? Ahí es cuando, como en una obra de teatro, aparece mi mamá y entiendo todo. Me formé a su imagen y semejanza, ella es dios. Me propone ir a caminar. Vamos. Recorremos el perímetro del country club una y otra vez. Mamá saluda a todos los que se nos cruzan y todos la saludan a ella, como si fuera una persona famosa. Mamá tiene actitud y aspecto de famosa. Es rubia, mide como un metro ochenta, se viste bien y tiene una sonrisa muy grande. Uno de los que saluda es rabino. Cuando se va, me comenta: “es el rabino plimplimplim (me dice un apellido que no recuerdo). Para el próximo pesaj podrían venir con Gas, hace unas reuniones hermosas. El año pasado hasta trajo mariachis”. Le pregunto qué tienen que ver los músicos mexicanos con las fiestas judías. Me responde que nada, pero que por eso tengo que darme cuenta de lo abierto que es el rabino, y agrega que esa vez mi amiga Melina había ido en shorts cortos y había estado todo bien. “Ok, lo voy a pensar”.

Seguimos caminando y desde lejos vemos a papá, que se acerca con la perrita. Se llama Matilda y es blanca con rulos. Cada vez que los visito, me voy con la culpa de no haberle dado mucha bola. Matilda ya no es cachorra, pero se comporta como tal, siempre quiere mimos y juegos.

Papá nos dice de ir a comer “chuchi”. Saben que el sushi me fascina y siempre quieren halagarme, darme lo mejor. Festejo la idea y al rato vamos al restaurant japonés al lado del country. Devoro el salmón crudo, soy un tigre hambriento. Mientras disfruto de su textura viscosa, me pregunto cómo es que una obsesiva del vencimiento come un animal crudo con tanta naturalidad. Sonrío, me siento orgullosa de mí. Papá dice que el chuchi es riquísimo, que no sabe cómo no le había prestado atención antes. Mamá asiente y me agradece por habérselos presentado. Me sonríen, soy su hija y los enamoro.

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