Tierra de nadie, de Janice Winkler

Cuando cumplí veintiún años empecé a salir con Esteban. Era rubio y usaba el pelo por los hombros; tenía las mejillas marcadas por unas ojeras tipo bolsa, los ojos de perro triste, celestes como una cinta bebé. Él, de alguna manera, parecía un bebé, así que una noche que nos habían invitado a una fiesta de disfraces, le propuse que fuera desnudo y que solamente se pusiera un pañal. Podríamos comprarlo en una casa de pañales para ancianos.

Tres años después, cuando cortamos, me enteré que mis amigos lo llamaban Jazmín, como el perro de Susana, porque no me dejaba sola ni un minuto. Al principio me enojé y los acusé de celosos; después de un tiempo me di cuenta de que tenían razón, pero tal vez yo también fuera un Jazmín, siempre pegada a él, moviendo la cola.

Con Esteban teníamos una relación muy rutinaria y aburrida. Pasábamos la mayor parte de nuestro joven tiempo con su familia. Tomábamos mate con galletas que hacía la madre, charlábamos y fumábamos Lucky Strikes con el padre. Ricardo nos hablaba de los actores que había llevado en el remís, que eran siempre los mismos, pero él parecía no darse cuenta. Lo peor es que eran actores de segundo plano, casi extras, o de comerciales. En un momento, la conversación se cortaba de cuajo y el silencio nos llevaba por una escalera angosta a su cuarto: un altillo. Esperábamos a que los padres se durmieran y entonces nos liberábamos un poco.

Éramos tan rutinarios que todos los miércoles íbamos a almorzar a la casa de la abuela y la tía abuela, un ph antiquísimo frente a una fábrica abandonada en Parque Patricios. La fábrica en ese tiempo se había vuelto edificio de viviendas. Había ropa colgada en ventanas con marcos sin vidrio. Se oía el chillido de las ratas.

Entrábamos al ph por un pasillo largo y veíamos a los vecinos hacer sus cosas: el hombre miraba la tele casi pegado a la pantalla y la mujer siempre andaba barriendo el piso o algo así, como una cenicienta.

La abuela se hacía la permanente y se teñía el pelo de un naranja furioso. Era gordita, como un oso de peluche, y me daba una sensación de ternura, de querer abrazarla. La tía abuela era flaquita, con el pelo canoso y débil; usaba anteojos enormes y marrones, y también era abrazable, pero siempre olía a meo, entonces a ella la abrazaba de lejos, con los brazos bien estirados.

La tía abuela no veía nada. La abuela sí, pero le salía muy bien hacerse la distraída, sobre todo cuando en la mesa se colaba una cucaracha. Una vez me pidieron que la tendiera. Esteban me mostró dónde estaba la vajilla: dentro de un mueble marrón con cajones y alacenas. Abrí las puertitas y saqué platos mal lavados, con restos de comida, secos como vómito viejo de gato, y también saqué vasos con bordes de rouge perlado.

Al entrar al ph, lo primero que había era un patio con techo de policarbonato. Había helechos y potus por todos lados, que la abuela cuidaba con agua y aspirinas. Alrededor del patio, en semicírculo, estaban las habitaciones, la cocina y el baño.

El cuarto de la tía abuela era enorme. Dormía en una cama de dos plazas y sobre la mesita de luz siempre había un aerosol de Raid. Me acuerdo que eso me daba aún más impresión que las cucarachas. Pensaba, y pienso, que debe ser muy triste dormir al lado de un veneno.

La habitación de la abuela quedaba pasando el living, donde comíamos y mirábamos Crónica tv. Ella no tenía la suerte de su hermana mayor. Su cuarto era una cueva con cama de una plaza, pero según decía, le encantaba dormir ahí, se había acostumbrado a ocupar poco espacio desde la muerte de su esposo, hacía cuarenta años.

El momento de probar bocado era muy difícil para mí. Todos los miércoles el mismo debate interno. La lucha entre el hambre, la cordialidad y el asco. Los resultados variaban. A veces ganaban los buenos modales y comía para hacer sentir bien a la abuela y a la tía abuela. Esteban devoraba todo lo que le pusieran en el plato. Comía con tanta hambre que se me revolvía el estómago. Las veces que yo no aceptaba comer ni un poquito, me decían que estaba demasiado flaca, anoréxica, que tenía que cuidar mi salud, que el corazón necesitaba comida y entonces la abuela terminaba contándome la misma historia sobre la muerte súbita de su marido. A mí me daba mucha tristeza y para ayudarla me amigaba con el asco y aceptaba las empanadas fritas o el estofado.

En la sobremesa, nos hablaban de sus años mozos, cuando trabajaban en la fábrica de enfrente y vivían bien gracias al general Perón. Igual la tía abuela se quejaba de que había perdido el setenta por ciento de la visión por el trabajo con la maquinaria. Nos hablaba y achinaba los ojos, como si a través de esas rendijas pudiera vernos, pero no era así, sólo éramos bultos.                       Cuando el sol empezaba a enrojecer, las dos nos acompañaban hasta la puerta. Atravesar el pasillo nos llevaba siglos.

Pasaron muchos años desde la última vez que hablé con Esteban. No sé qué será de su vida. Siempre me pregunto qué habrá sido de la abuela y de la tía abuela. La tía abuela, en esos tiempos rutinarios, ya tenía más de noventa. Seguro habrá muerto. Y si así fue, ¿qué habrá pasado con la abuela? ¿Se habrá quedado sola? ¿Dormirá en la cama de dos plazas, ahora vacía? Pienso en esa casa sin ellas y la imagino invadida por las cucarachas. El Raid en la mesita de luz, impotente, sin nadie que lo dispare.

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