Interiores III, de Janice Winkler

Me encontré una pulga en la pierna. Le pegué un cachetazo, pero saltó y salió ilesa. La volví a encontrar y pasó lo mismo. Ahora me pica todo. Antes de irse, los chicos comentaron que las gatas tenían pulgas. Ya las había visto, se rascaban con frenesí; pero la información, la certeza de las pulgas, no me hizo gracia.

Una vez, cuando tenía catorce o quince años, me quedé a dormir en la casa de una amiga. Tenía un cocker negro al que le daba besos en la boca. Para que él le lamiera los labios, ella le soplaba el hocico, y él se volvía loco de pasión. Ese amor excede mis límites. Me quedé a dormir y al otro día amanecí con el cuerpo cubierto de ronchas. Fui a mi casa y más tarde, con mi mamá, a la guardia. Al principio no dije nada sobre el perro, no pensé en pulgas, porque siempre fui muy alérgica a todo y a nada específico, así que estaba preparada para la inyección de decadrón, pero cuando el médico vio las ronchas, dijo que eran picaduras de pulga, “¿estuviste con algún animal?”.

Ahora, después de descubrir la minúscula saltarina, temo amanecer toda picada. No tengo ganas de ir a la guardia. En esa época no era mi decisión y además llegaba cómodamente en el Peugeot 505 color vino tinto.

Es domingo feriado. Fuimos al cine a ver la película del chico y el tigre que naufragan en el Pacífico. Es 3D. ¿Desinfectarán los anteojos antes y después? Y si no lo hacen, ¿una película en tres dimensiones justifica una conjuntivitis?

El 3D no me termina de convencer. Es muy leve. Yo esperaba que el tigre me quisiera comer o que todos saltáramos por miedo a que el agua nos mojara. Nada de eso, solo una bella imagen. En varias partes probé sacarme los anteojos para comparar, pero no se puede, se ve todo borroso, pico de astigmatismo.

El tigre me hizo acordar a las gatas. Todo el tiempo pensé en ellas, en que tenía ganas de ir a verlas.

Llegamos. Lubi hizo su show de mimos; se tira con una destreza admirable y se contonea para un lado y para el otro. A Catu también le gusta, pero no la tiene muy clara. Se tira con reserva y esta vez, para hacerlo, se deslizó por la pared y quedó muy incómoda, así que cuando fui a ponerle la mano en la panza, se asustó y volvió a sentarse como estatua.

Fuimos al sillón y encendimos la tele. En el canal de National Geographic daban un programa que se llama tabú. En este episodio, mostraban a distintos freaks amantes de los globos. Una señora morocha con flequillo recto (estilo la adorada María Gabriela Epumer) usaba los globos con fines artísticos. Era igual de fanática que los demás, pero su relación con ellos no era chocante, porque hacía una suerte de performance: invitaba a sus amigas, se quedaban en ropa interior y jugaban a meterse en globos gigantes.

Otro flaco, en cambio, tenía con sus globos una relación amorosa. Se los ponía debajo de la remera, como una actriz que tiene que hacer de embarazada, y los amasaba, los besaba. ¡Los besaba con lengua!

Mientras el treintañero sin dientes se excitaba con los globos, Lubi escondía sus soretes entre las piedras (lo supe por el ruido) y yo pensaba en que pronto tendremos que volver a limpiar el baño gatuno. La amistad justifica este tipo de asquerosidades.

12-02-2013

Subimos a alimentar a los seres vivos. Las gatas tenían comida, pero siempre les cambio el agua. De las plantas se encarga Gas, tiene la medida justa.

Cuando entramos, Lubi maullaba desde algún lugar incierto, no podíamos encontrarla. Seguimos el maullido como una pista, una huella en el camino, y esa huella sonora nos llevó al lavadero. Ahí estaba, sentada sobre el lavarropas. No sé qué le pasa, pero está rara, para mí que se siente mal, no se animaba a saltar. Para probar si era eso o si sólo estaba cómoda y tranquila, le acerqué una banqueta. Enseguida dio un pequeño salto y de ahí al piso, e inmediatamente se contoneó para los mimos cotidianos. Catu la imitó, por supuesto en cualquier lugar, a metros de donde yo estaba en cuclillas. Me acerqué y la acaricié. Ella parecía contenta, pero de la nada, como el tigre de la película, me largó un zarpazo. Pegué un grito y me agarré la mano, que chorreaba sangre. Siempre me enojó la histeria (haceme caricias, que sí que no, ahora andate), no la entiendo.

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