Vamos

Mercedes

Siempre quedo atrás, camino lento. El sol es más grande que yo y quema. José y Natalia van a la par. Por un tiempo pensé que él gustaba de mí, pero no, era solo una ilusión. Quisiera ser varón, se hacen menos historias. Es que, como no juegan con muñecas, no se la pasan inventando diálogos de amor. Ellos hacen andar autos, es automático, y lo automático saca pensamiento.

Por el puente se llega a la casa de Antonio. Cuando nos vea se va a alegrar. Hace días que está enfermo y no va a la escuela. Él sí que gusta de mí, pero yo no de él. Tal vez le dé una oportunidad, algún día, cuando estemos en edad de casarnos. Mi mamá se casó cuando tenía quince años. A mí no me queda tanto. Tengo cuatro años para olvidarme de José y enamorarme de Antonio. Para eso, tengo que idear un plan de olvido: imaginar que cuando lo veo, no hay nada, no tiene rostro; es un cuerpo blanco o simplemente un contorno. Y cuando él se me acerque y me hable, le voy a responder, pero como si estuviera loca, ¡¿qué hace?! Van a  indignarse los demás, ¡habla con el aire!

Una vez que logre olvidarme de José, voy a empezar a gustar de Antonio. Tengo otro plan: lo voy a mirar y en lugar de ver su cara, voy a pegar con mis ojos, como con un pegamento, la cara de José. Así seguro que Antonio me va a gustar mucho y en unos años mi papá le va a dar mi mano y unas vacas para que tomemos la leche.

Foto: Yanina Mariel García

Texto: Janice Winkler

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