Interiores II, de Janice Winkler

22 de enero, 2013

Los amigos/vecinos volvieron a viajar y otra vez nos dejaron al cuidado de las gatas y las plantas, dos tipos de seres vivos que requieren atenciones muy diferentes: las plantas son más sensibles y nos necesitan todos los días; las gatas se la bancan (aunque cada vez que llegamos, se nos refriegan con locura).

¿Qué es la vida sino una serie de pequeñas transformaciones en el tiempo? El living está dado vuelta y ahora hay una tele gigante y plana que cuelga de la pared como si fuera un cuadro. Teniendo en cuenta que nosotros no poseemos una tele, esta pantalla es pura seducción. Allá vamos, Breaking Bad, ponemos play, y la vida virulenta, en eterna complicación, de Walter White, nos envuelve con su sonido de parlante tipo Dios todopoderoso y nosotros boquiabiertos nos quedamos en la misma posición por unas cuantas horas. Terminamos la temporada 4 y empezamos a ver la 5, ya con las gatas apoyadas en nuestros regazos. Lubi sobre el de Gas. Catu sobre mi pollera de jean. No uso ropa negra para que no se me queden los pelos.

Estamos empalagados, pasados de tele, decidimos ocuparnos de lo que debemos. Las gatas tienen comida y agua, todo está muy bien. De pronto sus bowls están siempre llenos porque desde hace un par de semanas tienen el hábito de tomar de un jarrón de boca ancha (se tiran de cabeza). Al principio había una planta de batata, así que me pareció de lo más lógico que quisieran beber de ahí. Pero ahora hay una planta cualquiera, sin gusto a nada, una vida que solo es vida porque tiene raíces. Claro que, qué sé yo del sabor de las plantas. Lo cierto es que se turnan para drogarse y quedan extasiadas.

De las otras plantas, las de las macetas, hay una que está un poco triste, cabizbaja. Qué suerte tienen, ¡salir de una depresión con tan solo un poco de agua! Alguien me dijo que se les ponía aspirinas, pero no me parece que a las plantas les vaya bien la medicina tradicional si son ellas las que arrancaron con las alternativas.

Hay algo que me preocupa de todo esto: la caca. La vez pasada, estuvimos a cargo solamente por una semana. Esta, en cambio, tenemos dos, de las cuales queda una, y el baño de las gatas vive el nivel de un pantalón roto, desteñido y añejo, deshilachado; hay que despedirse. Las piedras están cubiertas por pequeños soretes oscuros, bastante delineados, diría que casi perfectos. Se siente el olor, es fuerte. Lo único que tenemos que hacer es meter esa mezcla en una bolsa y chau, dejarla en el cubículo de la basura. No podemos. Nos acercamos hasta el lavadero, donde – un clásico – está el baño gatuno; investigamos y salimos derrotados: ahora no podemos, ya comimos. Volveremos mañana, en ayunas y con la digestión dormida.

23 de enero, 2013

Nos llenamos de valor y fuimos a limpiar el baño gatuno: tirar las piedritas sucias y poner nuevas. Cualquiera que tiene un gato está acostumbrado, supongo, al olor. Nosotros no. Fuimos bien preparados, con pañuelos en servicio de barbijos o turbantes de medio oriente. De paso probé unos peinados muy copados y Gas me sacó unas fotos, bien flogger, o blogger, o – por qué no enfrentarlo – adulta aniñada/usuaria compulsiva de facebook. Dividimos la tarea en dos: yo sostenía la bolsa donde íbamos a depositar la materia; Gas levantaba el recipiente y lo volcaba dentro de la bolsa. Íbamos bien, hasta que por sobre mi cabeza pasa a toda velocidad una cucaracha voladora. Pegué un grito, se me cayó el barbijo, Gas soltó la “bandeja” con piedrasycaca, todo eso se cayó sobre mis piernas, las gatas se asustaron, salieron corriendo, se pelearon entre ellas. Lubi se escondió debajo de un mueble que está en la habitación de los chicos. Vendría a ser una cómoda, pero odio la palabra “cómoda”, así que no sé qué tipo de mueble es. Vamos a buscarla. Le hablamos con dulzura. Catu se acerca con su cara de gato y la amenaza. No dice “miau”, dice algo más tosco. Lubi no quiere salir de su escondite. Me preocupa que siga en ese estado, que queden enojadas por todos estos días. Todo fue mi culpa; se asustaron con mi grito. Es que una cucaracha voladora tiene más poder que cualquier superhéroe. Es invencible, inmortal, y encima te persigue a gusto. Gas quedó con mucho asco. Yo con la sensación de las piedritas meadas y cagadas sobre mis piernas. ¿Mis piernas tendrán memoria o con un baño ya está?

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