Tres poemas, de Janice Winkler

I.

Las viejitas
pacientes de mi jefe
me matan de amor,
las quiero adoptar a todas.
Hay una que es mi preferida,

y que también me mata de tristeza.
Es canosa, flaquita;
usa vestidos livianos
con flores;
está toda encorvada, jorobada,
parece un caracol.
Cuando yo sea vieja,
si llego,
creo que voy a ser así
(menos lo de flaquita).
Y si eso sucede,
espero que alguien me adopte
y me consiga un peyote asesino

que asesine.

 

I. (con final alternativo positivo)

Las viejitas
pacientes de mi jefe
me matan de amor,
las quiero adoptar a todas.
Hay una que es mi preferida,
y que también me mata de tristeza.
Es canosa, flaquita;
usa vestidos livianos
con flores;
está toda encorvada, jorobada,

parece un caracol.

Cuando yo sea vieja,
si llego,
creo que voy a ser así
(menos lo de flaquita).
Y si eso sucede,
espero que alguien me adopte,
me consiga una droga poderosa
y yo alucine juventud.

 

II.

Hoy, después del café con leche medialunoso,

decidí almorzar algo liviano;

una ensalada de verdes,

de frutas,

de cosas frescas de verano.

Entré en el lugar de todos los días,

el rico, bueno, barato.

Compré tirabuzones

con salsa de champiñones;

venían con un pelo

negro espeso duro

cortito;

lo miré con sorpresa.

Pensé que estaría bien sentir asco,

volver al lugar,

devolver la bandeja de plástico transparente;

vomitar tirabuzones

o vomitar enojo;

que realmente ese pelo era un despojo

y que podía venir tanto de arriba,

como del medio,

como de abajo;

que me lo podría haber tragado

y que posiblemente me haya tragado otro,

o una parte.

Agarré el tenedor blanco berreta,

saqué el pelo,

lo dejé volar.

Vi un champiñón con pinta de hongo de cuento.

Tenía una droga que cruzó el aire.

Me llamó,

me tentó,

seguí comiendo.

 

III.

La recepción está llena de cucarachas,
hay de distintos tamaños.
Las chiquititas, que son bebés, no me enternecen.
Una me subió por la camisa.
Sentí algo extraño y le pegué.
Cayó viva en el piso.
Se cruzó con otra,
una más rechoncha y negra.
Jugaron a algo
y se escondieron en el zócalo.

Se ponen de novias así como así,
no dan vueltas.
Cuando venga el fumigador
les va a echar veneno
en su casa de madera,
cables y clavos.
Y ellas, antes de morir,
se jurarán amor eterno.

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