Cuando toca River

Hace unos domingos tocó River. No, jugó River. Es que para mí ese estadio se usa para recitales, es la relación que al menos yo tuve con él. Poco me afectan los partidos de fútbol. Digo ‘poco’ y no digo ‘nada’ porque ‘algo’ me afectan: se me mueven las sillas. Es un movimiento casi imperceptible que me podría hacer pasar por loca. Pero está; un repiqueteo de la cola sobre el plástico blanco. Es la fuerza de los hinchas que saltan en las tribunas y su energía de fiesta llega hasta mí. A cuánto estará mi casa, ¿diez cuadras? ¿Quince? La ventana, siempre abierta, parecía el marco de un cuadro. El artista había pintado un helicóptero. El único helicóptero que sobrevuela la ciudad es el presidencial, pensé. Pero después me corregí y dije en voz alta que también estaban los de seguridad cuando se jugaba un partido importante. Es que ese domingo no solo tocaba River, también tocaba Boca, y tocaban juntos; es decir, enfrentados. Salvo por el temblor, mi vida no se modifica. Un domingo más, con su melancolía poética y el suave dolor en el pecho. Qué lindo es cuando no hay planes; se puede leer y escribir todo el tiempo que uno quiera. Y qué importa si está soleado, como si el sol no volviera a salir más. Las actividades al aire libre no tienen vencimiento. No quería salir. Sin embargo, tuve que hacerlo. No había nada para comer ni para limpiar, se habían terminado todos los productos y la semana que entraba se proyectaba como un desierto.

El cielo se fue poniendo de colores y el helicóptero se acercaba a mi ventana. Le saqué una foto, pero la imagen en la pantalla no reflejó la verdadera distancia. Yo lo veía muy cerca.

Salí para Coto, a siete cuadras del departamento. Hay mercados chicos por todos lados, pero yo necesitaba comprar mucho y que me lo enviaran a domicilio. Las calles descansaban en silencio, todas las personas estaban concentradas en el partido. Qué lindo es el barrio vacío, se respira mejor.

Dentro de mi edificio hay una galería y dentro de la galería, un árbol. Tardé meses en verlo, cosa que me parece imposible, porque es gigante y, además, ¡es un árbol dentro de un edificio! Ahora no puedo parar de mirarlo. Siempre que tengo un rato, me acerco y lo contemplo. Es un claro símbolo de crecimiento y permanencia.

 

Llegué al supermercado. Entré por el estacionamiento. Vi que había muchos espacios vacantes y me lamenté por no tener auto. Lo primero que elegí fueron los productos de limpieza. La última vez había llevado el desodorante para pisos con aroma a bebé y desde entonces la casa siempre olía a pañales. Esta vez fui decidida a comprar el de lavanda o aromas del bosque. Fui llenando el carro. La góndola más tentadora es la de las mermeladas y los tés. Podría vivir desayunando y merendando. Antes de salir había tomado un café con leche y tostadas con manteca y azúcar, un clásico familiar.

En la góndola de los fideos, una señora se ofuscó porque no había Maizena. Qué sería de la vida sin Maizena. Yo pensé que era una idiota por enojarse un domingo, pero a la señora parecía darle igual. Un repositor se acercó con desgano y le alcanzó un paquete que había quedado por ahí. La señora ni le agradeció y se fue refunfuñando. Mi carro ya estaba medio lleno, medio vacío. Tenía cif crema, que sirve hasta para limpiar camperas y sillones de cuero; multiuso, que deja los vidrios brillantes; el desodorante con aroma a bosque, lustrador de muebles, lavandina aroma a lavanda para limpiar el baño, y dos trapos de piso; en una segunda capa, puse naranjas, kiwis (comer dos por día para la cuota de vitamina c), uvas, mandarinas, bananas, tomates cherry y perita, lechuga francesa y morada, tres paquetes de rúcula y dos de albahaca, papa blanca, limones y un mango. También elegí café suave, café de malta, saquitos de té negro y earl grey, pan lactal, mermelada de durazno, manteca, tres cartones de leche larga vida, una caja de alfajores. Y de pronto, observar todos esos alimentos y productos químicos me hizo pensar en mi interior, en los fluidos que nadaban dentro de mí, y me agarró un retorcijón, un dolor punzante. No había ningún significado oculto, supe enseguida que ese dolor solo se resolvería yendo al baño. Me iba a cagar encima, como los nenes o los viejos.

Un rubio de dos años me empujó y derramó sobre mi pollera de jean parte del postre que estaba comiendo; que había empezado a comer antes de pagar. ¡Cuánta impunidad! Yo también la tenía de chica. Mi mamá me dejaba empezar a comer antes de llegar a la caja, qué malcriada, ¿no podía esperar un rato? Para comer se puede esperar, pero para ir al baño es más difícil, cuando la cosa es urgente. Me fijé si había uno en el lugar. Recorrí el supermercado con el carro a cuestas, hasta que encontré una puerta con un cartel de ‘privado’. La empujé un poco, pero un guardia me gritó: “señora, a dónde va”. Al baño, le respondí. Me dijo que ese no era el baño, que en realidad no había uno. Lo miré con decepción, solté el carro y salí corriendo.

Fueron las siete cuadras más largas de mi vida. Correr es un decir, porque troté como pude, pero bien podría haber caminado porque era lo mismo. Troté para sentir que estaba haciendo algo por mi vida. “No llego, no llego”, pensaba con desesperación. Los pocos bares que hay estaban cerrados y las calles parecían multiplicarse. Belgrano es un barrio de virreyes, no los conozco, nunca sé cuál viene antes ni después de cuál. Me transpiraba la espalda, la cara, las manos. Me dolía el bazo a pesar de que la corrida no era muy atlética. De pronto, un perro grande sin correa apareció a mi lado como un fantasma. Crucé la calle aunque no me conviniera. El perro me siguió y anduvo todo el tiempo conmigo. Yo aceleré la marcha y él también. Corrimos los dos. Andate, le dije suavecito, pero se quedó y además desplegó un par de alas fluorescentes. Eran verdes y relucían en una lluvia de panaderos que me entraban en los ojos. En la esquina de casa, cuando ya reconocí el lugar, el perro tomó su camino, voló en otra dirección y los panaderos lo siguieron. Yo corrí el último tramo. Estaban arreglando la vereda así que di un salto por arriba de la cinta de seguridad; se me dobló el pie y hundí las zapatillas en el barro. Finalmente abrí la puerta de calle. Me crucé con el encargado, que nunca saluda, pero esta vez no me importó. La lucecita del ascensor estaba en el once. Lo llamé y esperé con calma, sabiendo que ya casi. Cuando llegó, lo abrí tan fuerte que me pareció haber roto la puerta acordeón. Encendí la luz del pasillo, puse la llave con torpeza, entré y me zambullí en el baño. La sensación de libertad fue tan hermosa como sacarse un problema de encima; en ese momento fui feliz. Parece que los hinchas seguían saltando, porque el inodoro se movía. A los pocos minutos, ya estaba libre de nuevo, como un pájaro dispuesto a volar al supermercado y volver a empezar. Sin duda me daba pereza, pero no volver hubiera significado haber perdido todo el tiempo anterior.
Caminé con tranquilidad, sin el menor apuro. Pasé por virreyes y otras calles con nombres que no conozco. Belgrano es un barrio rompecabezas. Volví a entrar por el estacionamiento. Había más autos, un montón en realidad; el supermercado estaba repleto. Agarré un nuevo carro y decidí comprar el desodorante con aroma a lavanda, para que hiciera juego con la lavandina. Pasé por la góndola de los vinos, después por las galletitas, cuando lo vi. Me detuve, hice una pausa, dudé que fuera él. Me acerqué lentamente para no levantar sospechas y comprobé que sí, que ahí estaba mi changuito con todas las cosas, todos los colores; todo en su lugar, al lado de la puerta que no me habían dejado pasar, la que lleva a algún mundo privado y misterioso. Lo tomé con la sensación de haber encontrado un tesoro y emprendí el camino a la caja. De golpe me acordé que me faltaba papel higiénico y rollo de cocina. Fui a buscarlos y los puse arriba de todo, como en la cima de una montaña.

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