Interiores I, de Janice Winkler

Lunes y martes

Estoy esperando a Gas para ir a lo de Natu y Demi, arriba, en el 11. Lo espero porque no quiero ir sola, porque la aventura es con él. Anoche también fuimos. Quisimos chequear que las gatas estuvieran bien. Supuestamente tenían suficiente comida para dos días —eso nos habían dicho los chicos— pero cuando llegamos, maullaron como locas, estaban hambrientas. Sus platos estaban vacíos, sólo tenían agua. Cada una tiene el suyo, y uno solo para el agua, que comparten. Se los llenamos. Me dio miedo que tanta comida les hiciera mal, “un plato les sirve para dos días”, nos habían dicho. ¿Eso quiere decir que no hace falta más o que más les hace mal? Quiero consultárselos, pero no puedo, están en Brasil. Podría escribirles un mail, pero no creo que lo miren porque están de Luna de Miel. No creo que se metan en el mail ni en facebook, y tampoco me parece bien interrumpirlos ni quedar como una estúpida que no puede tomar una decisión tan simple. Después me hablan de tener hijos, me volvería loca. Volvamos a las gatas. Las gatas son dos, una es siamesa y la otra es negra, marrón y naranja y tiene los ojos de gato más ojos de gato que existen. Son amarillos, con una pupila negra, finita y alargada. Si pienso en ojos de gato, me imagino los de Catu.

Abrimos la puerta. La abrimos poquito, justo para pasar nosotros y que las gatas no se escapen. Hoy (que ya es otro día) me dijo una compañera de trabajo que los siameses tienen fama de escapistas. Con más razón abrimos poquito. Las dos nos reciben con maullidos. Hoy no sé si tienen hambre o piensan que somos sus padres, sus dueños, sus amigos; no sé cómo los consideran a los chicos.
Venimos a cenar casi todos los domingos. Nos conocen. No sé si nos conocen de vista o por el olor, y tampoco sé si saben reconocernos o si les da lo mismo que entre cualquiera. Nosotros les hablamos como a bebés “baby talk”, con un sonido agudo que inventamos, somos un poco falsos, nosotros no hablamos así normalmente. No nos lo decimos, pero ponemos esa voz para que nos quieran, para que no nos arañen como guardianes.

Lubi se tira al piso (es un decir porque ya está en el piso), gira, se da vuelta, panza arriba para que le hagamos caricias. Es como un perro.

Catu es más independiente y su independencia hace juego con su cara de gato.

Prendemos todas las luces, tienen un montón; tienen como dos luces por espacio. La cocina es abierta, pero se notan las divisiones, con paredes de aire que se delimitan por el funcionamiento. El departamento lo hicieron a gusto, por eso es tan distinto del nuestro, además de que es más grande.

Vinimos por las gatas, pero también vinimos a buscar nuestra comida. Se nos rompió la heladera y guardamos todo en la de acá, en la de los chicos. Nuestro todo se resume a una bolsa llena. Una bolsa de supermercado, nada más que eso. Le dije a Gas que quiero aprovechar el mal trago, que la heladera se haya roto justo con este calor que me cae tan mal, y reemplazarla por una chiquita, de las “bajomesada” o hasta un frigobar. Después de todo, nunca tenemos más de dos productos por estante. Le digo a Gas (insisto, porque ya me respondió que no) que si compramos una de esas heladeras tan chicas, la cocina va a parecer más grande y nos vamos a sentir más cómodos.

La heladera de los chicos tampoco está llena. Antes de irse, Nati me dijo “coman todo lo perecedero” y me señaló la leche. La leche sigue ahí porque, como no dormimos acá, tampoco desayunamos. Para mí que se va a terminar pudriendo. Lo que más nos tienta no es perecedero, o se vence pero sin prisa. Hay una mostaza dijon, por ejemplo. Sacamos un poco del frasco y se la untamos a unos bastoncitos de zanahoria que quedaron del antidomingo, antes de que salieran para el aeropuerto.

Siempre venimos acá, nos sentimos cómodos, como en casa, pero ahora que estamos solos, no es lo mismo. No es casa. Me da miedo agarrar un plato y que se me caiga por el solo hecho de estar pensando en que no se me tiene que caer.

Las gatas no tienen hambre, todavía les queda bastante de la comida que les pusimos ayer. Tienen sed, el bowl está vacío. Me pregunto cuánto tiempo habrán estado así, sedientas, un desierto. Con el calor que hizo hoy, me muero de lástima. Cuánto tiempo se bancarán la sed. El hambre, vaya y pase, pero la sed. ¿Les agarrará tos como a mí? Me muero de pena de pensar que querían tomar y no podían, y tampoco podían llamar a nadie. ¿Hablarán entre ellas en un idioma gatuno? ¿Se dirán lo que les pasa?

Catu me mira mal. Le tiro una gomita de pelo que está en el piso (asumo que la usan para jugar, no hay otro motivo para que esté ahí). No la busca.

Lubi está sentada sobre un canasto que hace algún tiempo vienen arañando y destruyendo. Lo araña, se vuelve loca. “Se afila las uñas”, me dice Gas. Me da miedo.

Agarro la gomita y amago tirarla, le digo “Catu, mirá”, no la tiro, no la tiro, hasta que sí la tiro, pero Catu no me da ni bola.

Sacamos nuestras cosas de la heladera con la intención de llevarlas a casa. Tenemos que hervir choclo y chauchas, y saltear un morrón. Funcionamos telepáticamente. Si nosotros nos podemos comunicar así, seguro que las gatas también. Decimos “en casa está todo sucio” y confirmamos lo que ya habíamos decidido mentalmente. Acá todo es impecable y la olla es más grande. “Lo único, también metamos el morrón en el agua, así no ensuciamos la sartén”. Gas se fija por todos lados si hay fósforos o encendedor. Yo le digo que me parece que las hornallas se encienden con una de las perillas, que me acuerdo de escuchar el ruidito. Me dice que no, porque ninguna tiene el dibujo de un sol o de algo así. Probamos, sí, se enciende así, sola, qué maravilla.

Hervimos las verduras, también tiramos unos dientes de ajo. Le digo que mientras tanto podríamos ver un capítulo de Breaking bad. Se ofrece a buscarlo. Yo le digo que no, que voy yo. No le explico, pero no me quiero quedar sola con las gatas. No se lo digo porque me da vergüenza y además porque hace meses que vengo hinchando con que quiero tener un gato.

Salgo al pasillo, está oscuro. Salir dentro del edificio es una experiencia fascinante para mí. No hay fiaca, no existe. Y por otro lado, esto de tener amigos a unos pocos pisos hizo que la fiaca de salir al exterior se acrecentara. Hay un plan muy a mano y encima es divertido. Mientras espero el ascensor, pienso que la vida es tan extraña e incierta que me podría pasar algo, como quedarme encerrada o viajar con un psycho killer. Entro en casa, busco el dvd, lo agarro, subo.

Toco la puerta, me abre Gas, como si fuera el dueño de casa. Le doy el dvd. Enchufa la tele y lo pone. No es el correcto, traje el que ya vimos. Se ofrece a buscar el otro, le digo que no, que aprovechemos y miremos la tele, ya que no tenemos, es algo distinto, “hagamos zapping”. Mientras tanto, el ambiente ya huele a rico.

Nos tiramos en el sofá, es muy cómodo. La tele nos pone ansiosos, estamos desactualizados, no conocemos lo que hay. Caemos en lo fácil, un lugar seguro: Capusotto. Está Violencia Rivas. Nos reímos, pero comentamos que es siempre igual. Nos reímos un poco por compromiso, otro porque es gracioso. Seguimos con el zapping, probamos con una película. Actúa Richard Gere; desconfío. Es sobre unos periodistas de guerra. Me aburro, cambiamos. Caemos en los Simpson. En español se dice Los Simpson porque en español los apellidos no se pluralizan. Le pido que lo dejemos porque justo el domingo habíamos estado hablando con los chicos de que yo nunca puedo participar de las conversaciones sobre los Simpson, porque vi pocos capítulos y no me los acuerdo. Cada vez que surge algún ejemplo sobre que “cuando Homero/Bart/Lisa tal cosa”, me piden disculpas. No hay necesidad. Es verdad que me quedo afuera, pero todo bien. Igual, quedamos en que me iban a prestar unos dvds para que me embebiera un poco de la serie, o mucho si me gusta. Se fueron y nos olvidamos de que me lo dieran. Seguramente estén acá, en el estante de los dvds, pero no puedo agarrarlos. No me parece, no sé. No quiero tocar las cosas.

La comida está lista. Le propongo a Gas que le demos con el tenedor, que usemos un solo plato. Lo agarro del lugar que yo sé, sirvo las verduras, agrego sal, aceite de oliva (no es perecedero, pero la tentación es demasiado fuerte) y apoyo dos tenedores. Casi pongo el plato con todo eso sobre la mesa, la llegué a rozar y me acuerdo de que Nati siempre pone individuales. No apoya nada sin los individuales. Me acuerdo a tiempo y saco el plato. Se cae un tenedor que se lleva puesta una chaucha. Todo en el piso, puteo. Gas viene con una servilleta de papel y limpia. Yo me quejo de mi torpeza.

Las gatas nos caminan alrededor. No las entiendo muy bien. Se cruzan y se pelean, o juegan, no sé si se aman  o no, y si saben de sus sentimientos. Para mí que sí, que no pueden vivir una sin la otra.

Ahora Lubi está sentada sobre una silla y Catu está sentada justo debajo. Me arrepiento de no haber traído la cámara. Ni pienso en buscarla porque no tiene batería. Esta es una foto hermosa. La pondría en facebook, y así saben los chicos lo bien que lo están pasando sus hijas. Aunque no sé si quieren publicar fotos de “las nenas”. Mejor no subo nada, puede caer mal.

Ahora Catu está sentada en la mesa ratona de mármol rosa. Hay libros con tapas lindas. Se ve que le gusta mucho hacer eso de sentarse ahí porque ya lo hizo ayer. En un momento pensamos al mismo tiempo (y otra vez nos lo comunicamos telepáticamente) que nos estaba desafiando. Qué suerte que nos gustamos como locos, porque si no, seríamos nosotros los siameses, hermanos siameses.

Nos queremos ir. Estamos agotados y a mí ya me empieza a afectar el astigmatismo. Quiero seguir escribiendo, se me van los dedos, pero las letras ya no son letras; son una nube luminosa. Los Simpson me sacaron alguna que otra sonrisa, pero no lograron cautivarme. No es su culpa, no tengo cultivada la atención para programas de tele al azar.

Salir del departamento es de lo más estresante. Vamos apagando las luces y nos fijamos dónde están las gatas. Pero lo peor es el último tramo. Volvemos a abrir, dejando un pequeñísimo espacio para poder salir sin que se escapen. Lo logramos, sabemos que no se escaparon, pero ahora nos da miedo lastimarlas al cerrar la puerta. Lo comentamos en el ascensor y nos sentimos horribles por nuestras inseguridades. Qué suerte que nos gustamos como locos.

Miércoles, hoy es un día estresante: miércoles de cirugía. Mi jefe opera a trece personas y yo soy depositaria de su estrés. No como, no respiro, estoy siempre atenta; cambio y calmo a viejos asustados; pienso que no tengo nada que ver, que qué ficticias son esas horas de mi vida. Esto pasa miércoles por medio, así que miércoles por medio decido renunciar. Después no lo hago, por tantas razones que ahora no importan. Después de tremendo movimiento, a eso de las siete de la tarde, mi cuerpo vuelve en sí. Empiezo a sentir cada uno de mis músculos. Me acuerdo de que ya no puedo más del hambre; como, me relajo, boludeo con permiso, y al rato: “Jan, cuando quieras…”; eso quiere decir que me puedo ir a casa. Hoy no me voy a casa. Hoy me voy a ver a Pulp. Estoy entusiasmada. La planificación de este recital me llevó más tiempo que la de mi casamiento; si no compraba las entradas con tres meses de anticipación, me quedaba sin.

Plancho el ambo blanco, el de puro algodón; es el que queda bien para el quirófano (¿?). Sobre la mesa apoyo el toallón celeste, que uso para planchar y para hacer gimnasia, y plancho la chaqueta (cuánta ‘ch’). Es una actividad automática. Plancho bastante mal, pero mejor de lo que esperaba de mí. Debería echarle apresto. No pienso hacerlo. Mi jefe ya sabe que no soy muy prolija y así me acepta, y a veces hasta me dice que me quiere mucho. No le creo, pero todo bien.

Planchar es automático y más automático es desenchufar la plancha.

Hace dos semanas que hago “la gran Congress”. En lugar de tomar el subte directo a Facultad de Medicina, me voy para el otro lado, a Congreso de Tucumán, y ahí espero sentada para volver a salir. Es un cuento de hadas; el tiempo se multiplica mágicamente. Elijo uno de los dos asientos que están en el medio de la hilera, para no tener que cederlo si sube alguien prioridad. Si soy la única en condiciones de cederlo, claro que lo hago, pero no me voy a hacer la que no me molesta, después de tanta estrategia.

Abro el libro del momento y casi al instante llego a mi estación. Hoy llegué quince minutos antes de mi horario. Tomé un café y, mientras revolvía el azúcar con el palito de madera, me hice la temida pregunta: ¿Desenchufé la plancha?

La duda me carcome. Hoy volvemos muy tarde, quién sabe a qué hora, después del recital. No tengo a quién pedirle que se fije. Los únicos que tienen la llave son Demián y Natalia. Lo llamo a Gas; se preocupa, pero no puede ir.

Decido llamarlo al encargado y pedirle que corte la luz del departamento (total, no tenemos heladera). Soy Woody Allen. Tendría que hacer terapia, ya me lo dijo mi gastroenterólogo.

Gervasio no me escucha bien. Le digo que soy la vecina del 104 y me repite “¿108?”. No, 104. Le pregunto si me escuchó bien. Le repito el mismo número tres veces: 104 104 104. Lo trato de sordo o de boludo. Pienso que sería muy molesto para el del 108 que Gervasio le cortara la luz.

16hs – Estoy en la habitación donde cambio y escucho a los pacientes. Les charlo, los distraigo, los tranquilizo. Al otro día, cuando vienen al control, me llenan de chocolates, libros, perfumes. Ese es el momento en que mi trabajo se vuelve más lindo y real.

Ahora estoy sola, cuánta paz. Me siento en la silla de ruedas y me pliego hacia adelante, con la coronilla apuntando al suelo y las manos sobre los pies. Respiro. Mando el aire a las costillas. Respiro con la nariz y la garganta a la vez, sorprendente.

 

21hs – Recital de Pulp

El Luna explota. Siento una adrenalina hermosa. Creo que es adrenalina; o quizá felicidad, o algo sin nombre.  La boca me sonríe involuntaria. Así estoy todo el tiempo y me duelen los cachetes.

Jarvis Cocker es divino, sexy, genial, demagogo. Intenta hablar en español y lo hace para el orto. La gente festeja.  En un momento que nada que ver dice “Pipí Cucú, does this make sense to you?”. Todos responden “¡¡¡Yeaaaah!!!” Y yo digo “¡No, ni en pedo!” El chico que está detrás de mí también grita que no. En un acto reflejo me doy vuelta y sonrío. Su novia me mira mal. Tiene pinta de peleadora. Le doy un beso a Gas.

Dos personas hacia la derecha hay una chica que baila desenfrenada. Mueve la cabeza para un lado y para el otro, y el pelo se le ondula, tiene vida propia, como en una publicidad de shampoo. Es Paula, una conocida que no veía hacía años y que justo hoy a la tarde, en la silla de ruedas, borré de mi celular. ¡Justo! Me da culpa. No creo que me reconozca. Me ve, sí, me reconoció. Pone cara de “¡No te lo puedo creer!” y creo que lo dice. Pide permiso y se me acerca. Bailamos una al lado de la otra. Me quiere charlar, pero yo no. No es mala onda; me gusta mucho esta banda y quiero disfrutar, ¡no da ponerse hablar en un recital!

Suena Underwear. Son todos hits, cuánto talento. Miro a Gas, está feliz. Seguro que está pensando en mejorar con el bajo y formar una banda.

Paula me dice que qué bueno vernos, que un día de estos me llama, o que la llame yo. Yo sonrío incómoda, le digo “dale”, y seguimos bailando.

El recital fue un éxito.

Comemos la pizza más aceitosa del mundo. Gas me advierte que después me voy a sentir mal. Yo le digo que me arriesgo, que la vida es cada momento, y que en este momento la pizza es la vida.

2 am – Llegamos a casa. Debajo de la puerta hay una nota: “ola soy gerbacio cuado llecues estoy en primer piso en la puerta de portería tiene una e colpear puerta”.  Me da mucha tristeza su ortografía. La palabra “hola” es una de las más conocidas en el mundo, hasta Jarvis Cocker sabe cómo escribirla. Pero lo que más pena me da es que Gervasio no sepa escribir su propio nombre. ¿Nunca miró su documento? Me resulta imposible. Se me viene su imagen a la cabeza: siempre parado en la puerta del edificio. Cada vez que entro y salgo, él está ahí, con una radio a pilas que pasa música. Es un tipo joven, no creo que tenga más de cincuenta, y claro, parado, en silencio, no saluda, no utiliza palabras. Abrocho la nota a mi cuaderno. Por supuesto, la plancha está desenchufada.

Teníamos ganas de bañarnos arriba, en la casa ajena, porque en el baño hay dos duchas enfrentadas. Desde el momento en que conocimos el departamento, hace unos años, que queremos usarlas, pero ahora el entusiasmo se desvaneció con el cansancio. Estamos muertos, solo queremos dormir.

Igual tenemos que subir a alimentar a las gatas y a las plantas. Hacemos el último esfuerzo.

Lubi y Catu se están besando. Sí que se aman, son hermosas. Enseguida vienen y nos maúllan, se nos refriegan. Está claro que nos conocen.

Otra vez no tienen agua. Pienso en poner otro bowl, pero no quiero romper las reglas de la casa.

Nos vamos al toque. Esta vez sin miedo, manejamos mejor el espacio.

Dormimos desnudos, con las ventanas abiertas. Durante la noche, la temperatura baja a pique como un torpedo. Me congelo entre sueños.

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