1987, de Janice Winkler

Octubre 2011, vuelve el pantalón nevado, lo veo en las vidrieras. Me siento de siete, en la casa de mi amiga, esa flaquita colorada. Mi madre llama por teléfono y me pide que no salga a la calle porque hay unos señores con la cara pintada y armas colgadas al hombro, pero yo me siento invencible porque “hombre con la cara pintada” no puede ser algo más temible que “el cuco”, que quién sabe quién es, pero lo imagino como un fantasma de papel madera, con agujeros mal hechos, a dedo, por él o por otro que lo ayuda a vestirse de “cuco” y a asustar a los niños; niños como yo, que miro todo desde más cerca del piso que del techo, y observo a mi hermana mayor que se maquilla; ella y su amiga, la de los ojos de dos colores, que adapta el maquillaje a su extraña bendición. Pienso que cuando sea grande, yo también quiero tener un ojo marrón y uno verde. Ya tengo dos marrones, lo sé, pero quizás uno de los dos pueda transformarse, aclararse, y yo pueda tener visión de tigre encantado, ultravioleta.

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