Pájaro enfermo

En una esquina soleada, mientras autos y motos pisaban el acelerador, una vieja con changuito comenzó a cruzar la calle. Como si fuera un ser con poderes fantásticos, extendió su mano derecha hacia los vehículos y los detuvo en el tiempo y el espacio. Cámara lenta.
En la cuadra de enfrente dos mujeres se indignaron y se preguntaron: “¿qué hace la vieja?”

La vieja siguió caminando con los pies bien juntos y, arrastrándose igual que a su carro, llegó hasta la rampa y pasó por entre medio de las dos mujeres, que se taparon la nariz: la vieja se venía cagando. Siguió su camino, dejando un rastro de diarrea que se destacaba de la caca de los perros.

Entró en su casa y en su habitación. Se sentó en su sillón mecedor, con caca y todo, a contemplar por la ventana las cosas fijas, los objetos, que no se mueven, tranquilizan, y las flores del patio del primer piso: rojas y blancas, con hojas verdes, daban vida a la pared trazada de humedad.

De golpe, un objeto voló, cayó como un pájaro enfermo. La vieja vio una mancha negra; un poco porque el objeto era un televisor; otro tanto porque ella tenía cataratas. La mancha negra cayó y aplastó las flores. La vieja se puso de pie y se asomó por la ventana. Su cadera hizo ruido a puerta sin lubricar.

La luz entraba en la habitación e iluminaba un portarretratos. La foto era de Tito, el hijo de la vieja. Tito sonríe y muestra unos dientes simpáticos que se doblan para un lado y para el otro. Sus ojos son grandes, saltones, de hombre curioso. Viste camisa celeste, que solo un colectivero podría usar, o alguien que quisiera ser confundido con un colectivero.

En el primer caso, sería chofer de la línea 1, que va por Rivadavia. Se sentiría orgulloso de pertenecer a la primera línea de colectivos que, además, anda por la avenida más larga del mundo; como un egipcio se mandaría la parte por tener el Rin. Si, en cambio, Tito no hubiera sido colectivero, habría sido simplemente un farsante.

Pero Tito ya no era nada, estaba muerto. Su madre lo había sobrevivido, y ahora él, inmortalizado desde el retrato, había visto caer el televisor, sin confundirlo con un pájaro, porque en la foto Tito era joven y su vista estaba intacta.

La viuda de Tito se llamaba Karina. Irónicamente Karina quedó viuda tan solo porque no llegó a divorciarse. Si hubieran alcanzado a hacer el trámite, no sería viuda sino divorciada. La gente sentía pena por ella “tan joven, viuda”.  Imaginaban que había vivido una tragedia. La muerte de Tito había sido trágica, pero Karina había sufrido antes, por el engaño.

Se habían casado por iglesia, ella con vestido blanco, volados y enagua, y hasta una coronita de flores. A los nueve meses nació el hijo de su prima Nilda, un bebé de ojos saltones y curiosos, como los de su padre, colectivero o farsante.

Karina lo supo en el instante en que visitó a Nilda en el hospital. El parecido era aterrador. Se acercó a su prima parturienta y le apretó con fuerza un pecho, desparramando leche por toda la habitación.

Si no la mató a la “pendeja puta” en ese mismísimo momento fue porque no pudo evitar su humanidad. Parece que Nilda se había montado al flamante marido de su prima Karina, a pocas horas de haber dado el “sí”. La vieja los había encontrado en el baño. Cuando los vio, se le cayó la mandíbula y volvió a su mesa con la noticia más jugosa de la historia. También fue la vieja quien, en el nicho familiar donde descansaban los restos de su hijo, encontró el diario íntimo de la mismísima Nilda, que por el mal trago había devenido en poeta:

“En aquel cubículo

Encerrados nuestros cuerpos

Prohibidos,

Sobre el inodoro,

Sobre su tapa,

Tus pies y los míos

Bailaban el carnaval carioca

Y tú me

Clavabas la matraca”

De Nilda no se supo más nada y su diario íntimo quedó en manos de la vieja, que ahora no lograba entender qué le había pasado al pájaro negro. Volvió su cuerpo a la habitación. Se acercó al armario, abrió el primer cajón y sacó una bombacha de color beige. Se quitó la manchada con caca y la soltó. Se puso la limpia. Ya era hora de comer la papilla. Se llevó la mano a la boca y, sobre la mesita de luz, junto a la foto de Tito, dejó un puñado de dientes sueltos.

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