El Masón

Mi biblioteca está ordenada por colores. En el primer estante están los libros blancos. En el segundo, los fucsias, rojos, naranjas, amarillos, y los sucios. En el tercero, los verdes, celestes, azules, violetas, lilas y grises. En el último, los negros y, entre ellos, el libro de La Masonería. Es de cuero y está escrito en inglés. Me lo rescató mi viejo cuando se murió mi abuelo. De alguna manera, el libro es su herencia.

El día anterior a su muerte, mi abuelo le contó a mi papá que había soñado con su madre, Ana. En el sueño, ella le pedía a su hijo que la acompañara. Mi abuelo había soñado su propia muerte y, como lo sabía, se adelantó a los hechos y le pidió a papá que por favor no lo enterráramos en Tablada porque temía que profanaran su tumba.

Al otro día, en efecto, mi abuelo Juan se murió.

Habíamos arreglado con mi viejo que iríamos a almorzar los tres juntos. Nos tomamos el bondi al departamento ubicado frente al parque Rivadavia, pero cuando ya estábamos cerca, nos llamó mi tía para avisarnos que el corazón de mi abuelo se había detenido. Estaba en el Hospital de los bancarios. Ahí fuimos. Papá entró a verlo. Yo no quise.

El llanto de mi tía era desgarrador. Me llamó la atención porque mi abuelo tenía noventa y dos años. Pero la muerte duele, y el padre es padre siempre. Yo no quise ver a mi abuelo porque me daba impresión, pero más me angustió verlo en el cajón cerrado, más tarde. Ahí la del llanto desgarrador fui yo.

Mi abuelo era un tipo duro, reservado, El Masón. Durante toda mi infancia, desde el primer día hasta algún otro día que fue el último, mi abuelo fue a mi casa los miércoles al mediodía, religiosamente, y llevaba de regalo una lata de duraznos. Ese día comíamos bife de lomo, sí o sí, y tomábamos agua. Yo tomaba leche. Todo con leche.

Otras veces nosotros íbamos a su casa, una auténtica aventura. La adrenalina me empezaba a correr por las venas cuando mis padres me anunciaban la salida, y yo me empezaba a preparar psicológicamente para ver si ese sería el día en que dejaría de temerle a Daisy, la perra. Ahora, imaginándola desde mi metro sesenta y cuatro, me doy cuenta de que Daisy era una perra bastante chica y tierna, pero desde mi altura infantil, se veía como un león. Una vez, yo estaba sentada en el sillón de cuero beige cuando, de pronto, Daisy me saltó por encima. Nunca más quise ir.

Después Daisy murió y mi abuelo quedó destrozado. Empezó a beber, y por muchos años casi no tuve contacto. Un día, ya recuperado, me invitó a almorzar a su casa, y empecé a ir una vez por semana. En la mesa no faltaba la botella de Terma, que yo compartía con él y jugábamos a que “estábamos de copas”. En esa época mi abuelo ya era viejito y completamente abrazable. Me encantaba verlo en su camisa blanca, casi transparente, que dejaba notar la infaltable musculosa de algodón. Él estaba entusiasmado con que yo estudiara traducción, y coleccionaba los suplementos de terminología técnica de distintas áreas, que venían con el diario. Él los juntaba, con las tapas duras y todo, y después me los daba orgulloso. El inglés lo conectaba con su primera infancia, en Brooklyn, cuando su padre todavía no lo había abandonado.

Ir a la casa de mi abuelo también era una aventura porque, cuando Daisy estaba controlada y bien quietita, yo me liberaba y jugaba a las escondidas con mi hermana. Era el departamento ideal: repleto de cuartos amplios que se conectaban por pasillos de doble circulación, ¡y hasta había un dormitorio detrás del lavadero! En el patio siempre estaba la tortuga, tan ajena al correr del tiempo, que lo sobrevivió.

En el living resaltaba el color marrón en muebles de madera antigua y, sobre una mesita redonda, había tres portarretratos y una banderita de Argentina. En una de las fotos, mi abuelo recibía un plato dorado por su nombramiento como Presidente de la Masonería. Se lo veía contento, pero estaba serio.

Incontables veces le pregunté a mi papá qué era lo que hacía mi abuelo en sus reuniones de masón. Él siempre me respondía con un “no sé, es secreto”. Después de mucha insistencia de mi parte, un día se jugó y me dijo que en las reuniones, los masones se ponían en ronda, cada uno con los ojos en la espalda del compañero de adelante, y caminaban en círculos. Me pareció lógico.
Al otro día, convoqué a mis amiguitas de la escuela a que vinieran a casa, vestidas de negro, para un ritual. Fuimos a mi habitación, formamos una ronda y fuimos “masonas” por un rato.

El cuerpo de mi abuelo está en un cementerio privado en Pilar. Desde su entierro, nunca fui a visitarlo. Prefiero recordarlo a través del libro de cuero, de su misterio, y del pitufo de cerámica que me regaló y conservo sobre la heladera. Además, no sé si creo en los cementerios. Sin embargo, a mi abuela, que murió en Israel, no pude despedirla y no tengo idea de dónde la enterraron, y eso me da mucha tristeza. A veces tengo la ilusión de que no ha muerto.

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16 pensamientos en “El Masón

  1. que relato perfecto que llega al alma, y nos hace recordar tanto, mamá, cosa rara en ella, llora, de cualquier manera, lo bueno es que el abuelo vivió como le gustaba y por cierto, muy bien, beso

  2. Jan! me acuerdo de este texto! me encantó!
    pd: que onda la foto? elaborameee que me muero de intriga, donde es?

  3. Gracias, Cyn! Te elaboro, jaja, la foto es de mi abuelo cuando niño con sus padres. Puede haber sido acá, puede haber sido en NY…no te sé.

  4. Me sumo a los halagos de todos: bello, Jan, como todo lo que escribís. Congrats and thank you!!

  5. J
    an todo lo que escribís lo veo tan natural y comprensible que emociona, beso

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