Mi nube, de Janice Winkler

Detrás de toda lluvia, hay una nube preocupada, o angustiada, o violenta, o enamorada.

Yo tuve una nube. Entró por mi ventana. STOP, rebobinemos.

Ese día estaba parcialmente nublado. Yo estaba sentada frente a mi escritorio, con la computadora hirviendo, tiqui tiqui tiqui tiqui. Escribía cursilerías que todavía hoy me clavan puñales en el pecho. Tachadura tras tachadura, estaba completamente concentrada en mi fatal naufragio como escritora, porque años de estudio, de darle a la lapicera, no lograron que llegara a un nivel de poesía que me hiciera feliz. No había magia en mis letras. Todo era realismo, minimalismo, impresionismo, ismo, ismo, ismo…

Pero ese día, todo cambió. No por esfuerzo, habilidad, ni voluntad, sino por obra de lo desconocido: UN MENSAJE DIVINO. Un manto de oscuridad que se apoderó de la habitación. Miré hacia la izquierda, nada. Hacia el frente, la pantalla. Hacia atrás, la cocina. Y hacia la derecha, la ventana, ahora gris, espumosa, algodonosa, vaporosa, nublada. Allí estaba, frente a mi nariz sorprendida, la nube, Mi nube. Al principio pensé que se trataría de un accidente; que quizás un avión la había chocado y mandado al mismísimo infierno. Pero después me di cuenta de que el infierno estaba más abajo, entre el quinto y el tercer piso. No, esa nube no tuvo un accidente. Esa nube vino a buscarme, a adoptarme. Buscaba un hogar, una amiga humana. Ella tampoco creía lo de Dios y todo eso, y como a mí me pareció prometedor competir por un lugar en la biblia, la dejé pasar.

Le construí una camita en la bañadera para que cuando estuviera triste pudiera llover tranquila. Charlamos. Me aclaró un poco eso de la evaporación y el choque de nubes. Me dijo que eso pasa cuando una pareja de nubes se pelea. “Era obvio”, le dije, “lo tenía en la punta de la lengua”. Le prometí que no la exhibiría, que mantendría nuestro secreto. Le serví un té con macitas. El té lo digería bien, pero las macitas…se le caían al piso de la bañadera y se mojaban apenas con la agüita que había quedado de la ducha. Se humedecían. Entonces ya no me daba la cara para pedirle que se las volviera a meter en su boca de nube. Es como cuando un bebé se lleva la galletita a la boca, la humedece y la tira. Te da pena exigirle que se coma esa masa ahora fría de saliva olor a leche.

Así pasaron los días y las noches de nuestra convivencia. Después de un tiempito, le agarré la mano al problema de la alimentación. Le preparaba todo tipo de licuados, bien nutritivos, para que pudiera tragarlos y, a su vez, incorporara las vitaminas necesarias para seguir creciendo.

Y creció. Sin duda, creció. Tanto creció que un día ya no pude entrar al baño. Tenía que tocarle la puerta a mi vecina para hacer mis necesidades y pegarme una ducha. A veces, si mi vecina no estaba, me tenía que aguantar las ganas. Desarrollé una habilidad sin precedentes en ese menester.

Sin embargo, a pesar de las diferencias, nos hacíamos una linda compañía. Casi todas las noches, antes de ir a dormir, jugábamos al dígalo con mímica unilateral. Ella se contorsionaba generando distintas formas que yo tenía que adivinar. Por ejemplo: un lobo, un caramelo de dulce leche, un barrilete a punto de caerse…

Un día se enojó ferozmente cuando le dije que tenía forma de pene erecto. Ella me gritó que yo era una mal pensada y que le había agarrado sueño, pero su reacción fue de tormenta eléctrica, y tuve que salir corriendo del baño.

Así fue como todo lo que nos unía también lograba separarnos. El estado de paz absoluta parecía imposible de alcanzar. ¿Acaso sea algo común a cualquier convivencia? Calculo que para ella debe haber sido más difícil que para mí, y quizás por eso haya tomado una decisión tan definitiva.

Salí una mañana a hacer las compras. Caminé por la sombra y sonreí hacia arriba, como reconociendo a la familia de mi compañera. Terminé rápido de hacer los mandados para volver enseguida y preguntarle más sobre su historia, sus ancestros. Cuando llegué, dejé las cosas en la heladera y fui directo al baño. Entré y me resbalé. Caí de cola sobre el piso mojado. Un charco de agua clara justo delante del inodoro. Y el baño, vacío. Se me comprimieron los pulmones, no podía respirar, pero tampoco llorar ni gritar ni nada.

Me senté frente a mi computadora y escribí esta historia, que es tan real como mía, y tan imposible como mirar al cielo, que sea celeste y esté lleno de nubes.

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