Vida, de Janice Winkler

Hace unos meses mi hermana guardó en su heladera un bidón con agua bendita. Le puso una etiqueta y prohibió a todos los visitantes, prohibió terminantemente, que abriéramos el bidón y tomáramos el agua. Lo dijo con tanta seguridad que hasta me dio miedo mirarlo. “¿Cómo se bendice el agua?”, le pregunto. “No tengo idea”, me contesta. Me dio mucha desconfianza que una persona que te prohíbe tomar agua por bendita no supiera de qué manera había sido bendecida. Me dio intriga su sabor, pensé que tendría sabor a domingo, a soledad, a cosa extraña.

El domingo las hojas crujen más fuerte, y las naranjas se arrastran por el cajón de lados transparentes, pero no pueden salir porque no tienen brazos ni piernas, porque son naranjas.
Todos quieren que pase algo el domingo porque temen que Dios descanse y se olvide de darles vida.

El domingo pasado recordé que había olvidado un tupper con comida en la heladera. Había estado allí mucho tiempo. Lo saqué y lo abrí con miedo. Ante mi sorpresa, había tres caracoles hermosos, con antenitas y todo. Se enredaron  y cultivaron un hijo que nació enseguida.

Dibujé unos girasoles en una hoja, los corté, bien pintados, y los clavé en el hogar de los cuatro caracoles. Los bañé con pompas de jabón. Jugaron, se hicieron gigantes y reptaron. Lograron salir del tupper y se volvieron más grandes, como búfalos. Empezaron a correr, ya no reptaban. Les abrí la puerta y los dejé libres. Ahora solo son parte de mis sueños.

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