Estela

Teníamos entradas para el teatro, buenísimo. Nos subimos al 29, repleto de hinchas de un equipo de fútbol que no voy a nombrar para no herir susceptibilidades; chabones que cantaban sin cesar las mismas canciones, una y otra vez, en loop. Saltaban, gritaban, cantaban. Hasta que el chofer detuvo el bondi. Bajensé, les ordenó. Más saltos, más cantos. Bajensé o llamo a la policía. No te pongás la gorra. Bajensé.
Uno de esos momentos en los que no sabés qué hacer ni de qué lado estás, porque las canciones ya se habían vuelto insoportables, sí, pero no sé si era motivo suficiente para echarlos a todos. Se bajaron, puteadas de por medio, patadas al colectivo.
Nuestra vida siguió con su primer objetivo: llegar al teatro. Faltaban cinco minutos para que empezara la función y unas veinticinco cuadras. Sabíamos que no llegaríamos a tiempo, pero quisimos intentarlo. Nos bajamos en la esquina del teatro, genial. Corrimos y llegamos. Pero la obra ya había empezado, y el dueño del teatro nos invitó a retirarnos, igualito que el chofer hizo con los hinchas.
Nosotros no puteamos. Con la cabeza gacha, volvimos a la avenida Santa Fe. Nos quejamos de su nombre. Caminamos hasta el puesto de comidas integrales que está en la parte de afuera del shopping con nombre de barrio alto. Pedimos cuatro empanadas y emprendimos el camino de regreso a casa. Volvimos en subte, como a mí me gusta, y me la pasé abriendo y cerrando el paquete, tentadísima, pero me contuve.  Cuando llegamos, las calentamos en el hornito eléctrico, mientras preparamos el cine en casa. Íbamos a ver una peli que hace poco salió en DVD: Verdades verdaderas, la película sobre Estela de Carlotto. Gran plan, nos olvidamos del fracaso anterior y del viaje con los hinchas hinchas. Qué bueno que estaban contentos, que el chofer del bondi se enojó, que lo detuvo, que echó a la banda, que lo agarró el semáforo un par de veces, que no pudimos entrar al teatro, que decidimos no comer afuera. Qué bien que justo teníamos esa película, FUNDAMENTAL y NECESARIA.

Verdades verdaderas, dirigida por Nicolás Gil Lavedra y protagonizada por Susú Pecoraro, cuenta la historia de vida de Estela de Carlotto. La transformación de una docente de clase media; el pasaje de una directora de escuela que vivía tranquila con su esposo y sus cuatro hijos, a la mujer que pierde a su hija en manos de los militares de la última dictadura en Argentina. A Laura Carlotto la secuestraron, le robaron su hijito, y la asesinaron. Su madre, Estela, no se dejó vencer por el dolor. Junto a su esposo, otro valiente, y a sus otros hijos, luchó y siguió adelante. El motor no fue sólo su propio nieto desaparecido, sino los hijos y los nietos de muchas otras personas, desgarradas por una dictadura que todavía hoy azota con sus consecuencias.

Verdades verdaderas, hagámosla circular, que suene fuerte, que provoque curiosidad, que vuelvan más nietos (todavía hay 395 personas que no conocen su identidad), que vuelvan a abrazar a sus abuelas y, como dice la voz de Susú Peccoraro /Estela en la película, que vuelvan a SER.

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