Crochet, por Janice Winkler

Tengo un perro bordado. Me mira con sus ojos saltones, sus bigotes de tanza, y su hocico frío de tanto esperar. A mi perro lo bordó mi abuela antes de morir, cuando yo tenía cuatro años. Yo siempre creí recordarla, pero ahora me doy cuenta de que la recuerdo a través del perro, porque sé que ella me lo regaló; porque hay una foto en la que ella me abraza desde atrás y yo muestro a mi perro; lo muestro orgullosa, con los brazos estirados hacia la cámara. Mi perro bordado fue vagando por muchos lugares y, a pesar de tantas mudanzas, siempre se lo ve a gusto. Sólo una vez le mostró los dientes a un ex novio que lo quiso tirar.

Mi perro bordado me mira, con sus ojos saltones, desde el televisor. A su lado hay una latita con monedas que yo dejo abierta por si algún día se anima a independizarse y necesita dinero, al menos para el colectivo.

Mi perro bordado tiene unos bigotes de tanza que, por momentos, lo hacen parecer gato. A él no le importa, él no conoce los gatos ni las diferencias. Y quizás, cuando se independice y salga a la calle, se enamore de uno.

 

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