Una torpeza

25 de mayo de 2012

…La próxima es mi parada, me tengo que bajar. ¡Dejá de mirar el piso! ¡Enfrentalo! ¿Qué puede pasar? Que lo salude: “Hola”, y él se sorprenda: “¡¿Vero?!”, como si yo fuera de otro planeta; y yo me empiece a reír de los nervios o me tiemble el ojo. ¿Y si no me reconoce? Quince años es mucho tiempo. Y aunque, modestia aparte, estoy mucho mejor, él se volvía loco con mi versión amplificada, la de los pechos enormes. Quince años más, quince kilos menos y unas arruguitas bien marcadas en el contorno de mis ojos.

No sé por qué debería gustarle. No sé por qué quiero gustarle. Para qué. Me da miedo que se acuerde de cómo nos separamos.
Un catorce de febrero. Justo. No se me ocurrió elegir una fecha más simpática. Yo era una adolescente de manual, rebelde, anti-imperialismo, anti-consumismo, no me iba a frenar una fecha comercial.

Desde la esquina lo vi llegar, arregladito. Me alcanzó con el viento ese perfume tan de moda que usaba Matías. Vino y me dio ansioso el paquetito blanco con la “M” negra y el signo de exclamación rojo. Yo lo agarré a regañadientes, sabiendo que no lo merecía. Él me exigió que rompiera el envoltorio para que nos diera buena suerte. Hice lo contrario. Lo abrí despacito, minuciosa, y dejé el sobre sano, listo para volver a usar. Adentro estaba Luzbelito, de Los Redonditos de Ricota. Se me dibujó una sonrisa involuntaria. Claro, por eso estábamos juntos -me acordé-, porque nos conocíamos, sabíamos exactamente lo que el otro necesitaba. Y entonces, ahí, me acuerdo de que yo estaba dispuesta a cortar igual, a dejarlo, por nada en especial, porque sí, porque no era momento para dar el gran paso. Nos veníamos tocando como animales, en cualquier lugar, en la cama de la hermana…a mí ya me daba culpa. Una vez hasta nos sacamos toda la ropa, y casi.

De la sonrisa volví a la amargura, a mi plan original. Subí la mirada, pero no pude sostenerla en sus ojos, así que dejé los míos a la altura de su nariz. “Mi amor, no puedo seguir”.

Enseguida, como si él ya lo hubiera sabido, como si se hubiera estado preparando, le corrió una gota espesa, de esas que salen sólo cuando el cuchillo duele bien adentro. Una lágrima que murió al empezar sus labios, en el hoyito donde terminan los bigotes. Los suyos eran rubios, apenas unos pelitos suaves.

“Perdoname”, me di media vuelta y me fui. Lo peor fue que me quedé con el CD.

A la semana lo vi con Victoria, la chica rubia y tonta del colegio. Mucho más linda que yo, mucho más rápida. Seguro que no tardó ni un día. Con ella no era “casi”. Yo ardía de impotencia, la bronca que da el accidente. Porque dejarlo había sido eso: un accidente. Una torpeza.

Al instante él se había convertido en mi pasado, en un nombre que siempre recordaría como mi primer amor. Quién sabe, tal vez lo había congelado en ese rol para amarlo siempre y que eternamente me derritieran sus ojos claros y su nariz de águila. Para que sus pecas no envejecieran en mi memoria y se grabaran como pedacitos de chocolate. Y acordarme de cuando jugábamos a que se las arrancaba una por una con la lengua y le quedaba ese olor a saliva asqueroso que a él lo volvía loco. Tal vez lo haya dejado para que en mi vida hubiera, al menos, un tiempo perfecto: el cine barato de todos los miércoles, el pool a la salida del colegio, las noches enteras en la plaza de enfrente, en piyamas, como si el mundo se acabara en ese banco y la única que pudiera vernos fuera la estatua del centro, con sus pupilas de yeso.
Quizás lo dejé para que los besos fueran siempre exquisitos. Para fumar cada vez el primer cigarrillo y apagar la tos que nos picaba para no despertar a sus padres. Para poder hacer sin vergüenza cosas de mal gusto, como usar la cadenita de oro con su nombre. Para recordar cómo me miraba, enamorado, y se deslumbraba con mi cuerpo, rollizo y enorme.

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