The show must go on, por Mica Colace

Me subo al auto y es mi momento. Momento para elegir esa canción de la que me sé toda la letra, o esa otra que me hace bailar (sí, bailar, incluso hasta manejando. Es un poco espástico, pero lo hago casi sin sacar las manos del volante, nada mal).

Mi momento tiene gracia justamente porque es mío, me pertenece y la intimidad es eso, lo íntimo.

Entonces ahí estaba yo y mi momento y mi baile y mi canto, cuando comienzo a sentir que tengo público. Pero, en este caso, el público no es muy bienvenido, ni deseado.

Como puedo, dirijo mi vista rápidamente hacia la derecha, intentando no perder la concentración en el camino, ni en la canción, desde ya. Efectivamente y para mi desagradable sorpresa, mis ojos hacen contacto con otros ojos. Ojos, cara, persona, hombre, joven, emiratí.

Dejé de escuchar la canción, dejó de ser mi escenario y se apagaron las luces.

Bajé un cambio, literalmente, dejé que el pobre pelotudo siguiera avanzando, esperando de todas maneras que no choque, ya que en vez de mirar para adelante no me sacaba los ojos de encima; y me pase de carril.

Con la onda del escalofrío ya en mi cuello, respiré, subí el volumen y miré con firmeza hacia el frente de mi camino. Pensé: “nunca dejes que un pelotudo te intimide. No importa en qué parte del mundo vivas, siempre te vas a encontrar con alguno que arruine tu show”.

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