Uruguay VII, por Janice Winkler

Ayer fuimos a la playa. La arena era tan lisa y perfecta que parecía estar extendida sobre un piso de mármol frío. No quemaba para nada, a pesar del solazo que colgaba sobre nosotros. El mar era tan manso y azul como el agua de una pileta. ¡Claro, por eso pintan las piletas de azul, para imitar al mar, que a su vez imita al cielo, que a su vez nos engaña con un color que no existe!

De pronto, cuando caminábamos por la orilla, algo nos llamó la atención: en el mar, justo delante de nuestros ojos, a poco más de 300 metros, flotaba una corona de flores, pequeñas, rojas, verdes y azules. Y así como la vimos, el aire se empezó a inundar de un olor que, por oleadas, era delicioso, por oleadas, nauseabundo. Pasábamos de la felicidad al espanto con una rapidez que asustaba. Y mientras nosotros sufríamos esa intermitente metamorfosis de nuestros sentidos, la corona de flores se acercaba a la orilla. Nos quedamos ahí parados, inmóviles, con los pies atornillados a la arena apenas mojada. Cuando la corona estuvo cerca, a solo un nado de distancia, vimos que debajo de ella se extendía una sombra negra. Yo pegué un grito. Él me agarró la mano con fuerza. La sombra se acercaba: una loba marina con su corona de flores flotaba hacia la arena buscando su descanso eterno.

Cuando volvimos al hotel, los recepcionistas nos contaron que era Pretea, la Diosa de ese sector del mar, que gobernaba los aromas al ritmo del oleaje.

Vimos el final de un mito.

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