No me gusta Starbucks. Anécdota del malhumor, por Yanina García

Sí, no me gusta nada, me di cuenta. Como puso la punky de acá cerca: me sentí una “pelotuda”. Los sábados a la mañana estudio alemán en el Goethe. En todos los recreos, ritualmente, mis compañeros y yo caminamos a Starbucks y tomamos un café: 20$ sin medialuna ni otra cosa para acompañar, en ese vaso de plástico, más la tapa de plástico…Sentí que mas que café tomaba otra cosa. Llegué nuevamente a mi clase, vi 10 vasos desparramados por las mesas, todos haciendo “ruidito”, y pensé: ¿Por qué estoy tomando esto que no me gusta y que, encima, sale carísimo? ¿¿¿Por qué??? Porque me dejé llevar, sin darme cuenta, una vez más, por lo cool, la moda. “Si tenés onda, tomás Starbucks”. Pero ni pienso volver a hacerlo, no pienso volver a pisar más un local de esos. Prefiero los bares de viejo, de madera o azulejo, con medialunas caseras, aunque estén duras; con un mozo vestido de blanco, que no sabe tu nombre pero es cálido y ameno, y te ofrece “minutas”.

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