La memoria en la nariz, por Janice Winkler

¡Qué gran invento la memoria olfativa! Casi como el helado, el chocolate, o el queso.  Pareciera que los olores entran por la nariz y corren directamente al corazón.

Sin ir más lejos, esta mañana, mientras la cosmetóloga me apretujaba la cara y me ponía todas esas cremas de texturas espesas y olores penetrantes, yo viajé sin escalas en el tiempo: saqué las llaves del bolsillo de mi campera de jean y abrí la puerta de la casa de mi abuela, donde viví tan feliz. Ella me esperaba con su valijita de productos bien abierta, dispuesta a mejorar mi aspecto. ¡Qué pocas ganas! Así que corrí y me escapé de sus cremas pulidoras, secativas, astringentes, hidratantes, no comedogénicas, y de las toallitas descartables para secar la piel, porque “nunca te seques con la toalla del baño”. Y no hubo caso, no la dejé, seguí en mi mundo. Me puse los auriculares y escuché OK Computer, el último CD de Radiohead, y seguí así, con la piel marcada y todos esos cráteres de acné adolescente. Me hice la desentendida, pero los sufrí y los odié, porque así seguro que no iba a conseguir el novio que yo quería. Hasta que en un momento, me distraje y bajé la guardia. Mi abuela, como un jugador de rugby profesional, me atrapó y me hizo un cariñoso tackle. Me  agarró de las mejillas con sus manos arrugadas,  me miró de cerca con sus ojos chiquitos y sus anteojos bifocales, y me dijo que yo era linda, muy linda.

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